domingo, 31 de marzo de 2013

REAJUSTAR LOS RELOJES AL TIEMPO CELESTIAL


Hoy, -día del cambio horario primaveral-, estamos todos algo desorientados. La mayoría hemos comido con poco apetito, si hemos respetado el nuevo horario, o demasiado tarde si nos resistido a cumplirlo. Según los expertos tardaremos algunos días acomodarnos al cambio horario. Al reflexionar sobre este raro día que estamos pasando me ha venido a la memoria un capítulo de “La conducta de la vida” de Lewis Mumford que se titula “Cronología y horología”, término este último referente al arte o ciencia de medir al tiempo. En este apartado del libro que cierra la serie “La Renovación de la Vida”, comentaba una obra poco conocida de Herman Melville, “Pierre o las ambigüedades”. El protagonista de esta novela lleva el curioso nombre de Plotino Plinlimmon, una curiosa caricatura espiritual de Hawthorne y Emerson.
 
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                En “Pierre o las ambigüedades”, Melville trata la relación entre lo absoluto y lo relativo. A partir del personaje de su novela, Melville muestra que en el mundo moderno el tiempo absoluto, -de acuerdo al cómputo de los movimientos planetarios-, se establece por el Observatorio de Greenwich. De modo que  todos los barcos que parten de Londres controlan el reloj de su buque según el tiempo de Greenwich. Pero, una vez que el barco llega, por ejemplo, a China, su capitán descubre una sorprendente discrepancia entre su propio cronómetro de precisión y los relojes locales o de sol. Si el capitán intenta llevar a cabo el trabajo diario según una programación que mantenga el horario de Greenwich, estará durmiendo de día y trabajando mientras sus vecinos chinos están en la cama.
 
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Aplicando esta discrepancia horaria al plano de la conducta ética, Melville llama la atención sobre el hecho de que en cada generación florecen unas pocas almas que procuran orientar sus vidas según el “tiempo celestial”, y tratan de hacerlo absoluto y universal. Estas singulares personas están dispuestas a vender todo lo que tienen y darlo a los pobres, o a poner su mejilla derecha cuando le abofetean la izquierda. Pero, tal y como subraya Melville, la mayoría de los hombres y las mujeres rigen sus vidas por la hora local. Desean alcanzar el cielo antes que dar todo lo que tienen a los pobres; aunque, como Melville irónicamente comenta, les resultará más fácil practicar esta virtud en el cielo, ya que no hay pobres en ese lugar. Desde el presuntuoso punto de vista de la observación del “tiempo local”, es el “tiempo celestial” el que está equivocado.
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                    Herman Melville

                La lección que se puede extraer de la referida novela del genial Herman Melville, según Mumford, es que a la hora de reflexionar sobre nuestros ideales, principios y valores “hay que contar con el hecho de que vivimos en el reino de lo históricamente condicionado, sujetos a presiones y limitaciones ambientales que no pueden ser totalmente dejadas de lado. En otras palabras, el ideal moral es un punto de referencia, no un destino en sí mismo. Mientras que una orientación fija hacia el norte o el sur es fundamental para encontrar el camino a puerto, uno puede tener que virar su barco, ahora hacia el este, ahora al oeste, a fin de avanzar en la dirección principal que uno ha elegido. Por el contrario, si nos marcamos un rumbo fijo hacia el norte o al sur, puede encontrarse al final sólo en un polo perdido. Debemos, por tanto,  guiarnos por la estrella fija del Norte, “no con el fin de alcanzar un norte ideal, sino a fin de encontrar un destino justo”.

Lewis Mumford, haciendo gala de una extraordinaria capacidad para escribir sentencias categóricas, concluye que “no hay virtud que no pueda, en cualquier momento, trastocarse en su opuesta. La humildad, perseguida con demasiada firmeza, puede dar lugar al orgullo”.  Para reforzar esta idea Mumford alude a un antiguo libro sangrado hindú que recoge la siguiente frase: "el bien encuentra a menudo en la bondad a un enemigo a temer”. De igual modo, y si le damos la vuelta a la frase, no hay vicio tan horrendo, ni impulso tan depravado, que el ser humano no pueda arrancar de la profundidad de su alma, creando un bien de otra manera inalcanzable. Esto explica la preferencia de Jesús por los pecadores, en vez de decantarse por el fariseo. Y lo fue no sólo porque el pecador necesita  de manera más urgente ser salvado, sino que, una vez salvado, tal vez llegaría a ser un hombre mejor que su virtuoso rival.
 

En esencia, según Mumford, el bien y el mal son polos opuestos, polos fijos. Pero en la práctica, “son signos algebraicos que indican cantidades positivas o negativas; y cambian los valores como los símbolos de la vida desplazado un lado de la ecuación al otro. ¿No era éste el sentido de Uriel de Emerson: "El mal bendecirá y el hielo quemará"? Estas paradojas y ambigüedades en la vida moral están bien ilustradas por dos ocasiones históricas contrastadas: los acontecimientos que tuvieron en Atenas en la época de Demóstenes y las dramáticas circunstancias que se vivieron en Inglaterra en los días de Churchill. Los atenienses, incapaz de apartarse de su amado modo de vida, se condenaron a sí mismos a la derrota; mientras que la disposición moral para enfrentar el peligro y la muerte trajo vida a los británicos y evitó una larga serie de catástrofes, ocasionadas por su anterior falta de voluntad para enfrentar las duras pruebas a la que tuvieron que hacer frente durante los bombardeos de la aviación alemana.

sábado, 30 de marzo de 2013

LOS LÍMITES DE LA CIUDAD


Lewis Mumford manifestó en su obra “La ciudad en la historia”(1961) que la ciudad presenta un claro límite orgánico a su propio crecimiento. A este respecto,  llamó la atención sobre el hecho de que “muchos urbanistas actuales, no se dan cuenta de que superficie y población no pueden crecer hasta el infinito sin destruir la ciudad o al menos sin imponer un nuevo tipo de organización urbana para la cual se necesita encontrar una forma adecuada a pequeña escala y un esquema general a gran escala”.

Un concepto tradicionalmente utilizado en la ecología es el de la capacidad de carga. Para Virginio Bettini, autor de “Elementos de ecología urbana” (1998), entiende que la capacidad de carga de una ciudad corresponde a la posibilidad que esta presenta para hacer frente “al exceso de presión por parte del hombre: autodepurándose, absorbiendo y reciclando los residuos, restableciendo recursos, manteniendo intactas las calidades no renovables, entre las que también está el bienestar social”. Generalmente, la capacidad de carga suele relacionarse con el número máximo de individuos que un determinado territorio puede sostener.
 
 

La respuesta dada a los problemas del crecimiento urbano de las ciudades occidentales varía de un lugar a otro, en aquellas ocasiones en las que se ha llegado a plantear abiertamente esta delicada cuestión. Un caso paradigmático es el de Nápoles. Esta ciudad, conocida en el mundo entero por sus problemas de inseguridad ciudadana, se planteó hace tiempo un objetivo, con un perfil modesto, pero congruente: devolver a la ciudad a condiciones ordinarias de normalidad y eficacia. Un proyecto basado en recalificaciones urbanas, potenciación de los servicios, recuperación del transporte público, e incremento y tutela rigurosa de las zonas verdes. En definitiva, la tutela de cuanto queda de valor, calidad y recursos que la naturaleza y la historia otorgaron al territorio (Bettini, 1998: 162). Se trata de establecer medidas para preservar los restos que definen la ciudad, dejándolos al margen sine die del desarrollo urbano de las ciudades, sin renunciar por ello al aumento de la calidad de vida mediante la mejora de los servicios públicos.
 
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Pasar por alto la capacidad de carga de una ciudad, superando su umbral máximo, conduce a un rápido aumento de las enfermedades, del malestar urbano, de la congestión y de las tensiones sociales. Alguna ciudad, como es el caso de Bolonia, ha decidido empíricamente un límite a la población y a las instalaciones productivas en su interior (Bettini, 1998: 221). Ya Patrick Geddes, en 1918, comprendió que, una vez alcanzado el óptimo, una ciudad no debe aumentar más en superficie y población. Conviene recordar el dicho de Aristóteles: cualquier forma orgánica posee un límite superior y un límite inferior de crecimiento.
 

El análisis del límite de las ciudades fue abordado por Murray Bookchin, -creador de la llamada “ecología social”-, en un trabajo que coincide con el título de este artículo. No ha sido fácil poder conseguir leer este libro, ya que tan sólo se encuentra algunos pocos ejemplares en la biblioteca de ciertas universidades. Hasta 1978 no se editó en una edición en español de esta obra, nada de extrañar teniendo en cuenta la manifiesta tendencia anarquista en el pensamiento de M. Bookchin. Ni que decir tiene que tras cuarenta años de dictadura franquista, todo lo que sonara a anarquismo era lo mismo que citar al propio diablo. Para desgraciada del ecologismo español, la obra de M.Bookchin, como la de otros autores vinculados al anarquismo (Thoreau, Geddes, Mumford, Howard, Reclus, Kropotkin, etc…), apenas han influido en la formación del discurso ecologista.

Siguiendo la idea de Mumford que define a las ciudades actuales como la “anti-ciudad”, M. Bookchin concluye que la “expansión sin límite es un límite en sí misma, un proceso auto-devorador en el que el contenido es sacrificado a la forma y la realidad a la apariencia”. Esta idea encaja a la perfección con la realidad, o más bien, siguiendo el argumento de M.Bookchin, a la realidad virtual creada desde las administraciones públicas. En España no hemos convertido en maestros de la apariencia: la ciudad se degrada en su urbanismo, pero el centro de las ciudades se galanan con luces, flores y esculturas; el colapso del tráfico es evidente y la solución es construir más aparcamientos y nuevos viales; el núcleo urbano se masifica y como respuesta seguimos densificándolo, sin dotarlo de más espacios libre y verdes; la realidad social se complica ante la falta de perspectiva de empleo, mientras las desigualdades de renta siguen marcando una ruptura en el seno de la sociedad  de imprevisibles consecuencias.
 
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En estos tiempos de crisis económica conviene recordar la relación que estableció M. Bookchin entre el vigente sistema económico capitalista y la degradación de las ciudades. Tal y como subrayó este pensador, “importa poco si la ciudad es fea, si degrada a sus habitantes, si resulta estética, espiritual o físicamente tolerable. Lo que cuenta es que la operaciones económicas se desarrollen en una escala y con una eficacia capaces de satisfacer el único criterio burgués de supervivencia: el crecimiento económico”.

Para concluir quisiéramos aprovechar la ocasión para suscitar una reflexión general a sobre los límites del crecimiento urbano de nuestras ciudades, pues como apuntaba hace más de treinta año M.Bookchin, “el mundo natural plantea su propio límite ecológico decisivo: un límite del que quizá nadie se apercibirá hasta que el daño sea irreparable y la recuperación de una ecología equilibrada imposible”.

viernes, 29 de marzo de 2013

LA CIUDAD: PÁRAMO ESTÉTICO Y SOCIAL


Comentaba con acierto Patricia de Souza Brazo que las actuales ciudades, desde el punto de vista físico, debido a sus paisajes uniformes y su casi total ausencia de elementos naturales, inhiben la capacidad creativa del ser humano. Sin embargo, desde el punto de social, las posibilidades de creación son mucho más amplias. Como siempre, en el equilibrio radica la clave del éxito o el fracaso de las ciudades. Pero antes de hacer una breve disquisición sobre los aspectos estéticos de las ciudades, conviene aclarar qué entendemos por ciudad.

Una de las mejores definiciones del concepto de ciudad la podemos encontrar en un breve artículo de Lewis Mumford, titulado “What is a City?” (The City Reader,1966). Para Mumford, “la ciudad es una colección relacionada de grupos primarios y asociaciones propositivas: los primeros, como la familia y los vecinos, son comunes a todas las comunidades, mientras que los segundos son especialmente característicos de la vida en las ciudades. Estos variados grupos se mantienen ellos mismos a través de las organizaciones económicas que son más o menos colectivas, o al menos reguladas de manera pública, y están alojados en estructuras permanentes, en el seno de un área relativamente limitada. Los recursos físicos esenciales de la existencia de una ciudad son el sitio fijo, el alojamiento duradero, las facilidades permanentes para el encuentro, el intercambio, y el almacenaje; los recursos sociales esenciales son la división social del trabajo, la cual no atiende simplemente a la vida económica sino a los procesos culturales. La ciudad en su completo sentido, entonces, es un plexo geográfico, una organización económica, un proceso institucional, un teatro de acción social, y un símbolo estético de la unidad colectiva. La ciudad fomenta el arte y es arte; la ciudad crea el teatro y es el teatro. Es en la ciudad, la ciudad como teatro, donde las más propositivas actividades del hombre se centran y elaboran, -a través del conflicto y la cooperación-, las personalidades, los eventos, los grupos, en unas más significativas culminaciones”.
 
 

Una de las más importantes conclusiones que se puede obtener de este concepto de ciudad es que “los hechos sociales son lo principal, y la organización física de la ciudad, sus industrias y sus mercados, sus líneas de comunicación y tráfico, debe estar subordinadas a sus necesidades sociales”. Por desgracia, a lo largo de la historia son escasos los ejemplos en los que se ha priorizado los aspectos sociales en las ciudades. Tenemos que retrotraernos a la Atenas de Sófocles y Sócrates para encontrar la cristalización del modelo ideal de ciudad encarnado por un nuevo tipo de ciudadano caracterizado por la integridad, el equilibrio, la simetría y la autodisciplina. Esta forma ideal apenas se mantuvo una generación, y no volveremos a encontrarla, siempre de manera aproximada, hasta otros momentos puntuales de la historia como la Florencia de Dante o la Venecia del siglo XV. A Sócrates y Sófocles vinieron a sustituirlos una visión distinta de la ciudad, la que representaron Platón y Pericles. A partir de este momento, los edificios empezaron a ocupar el lugar de las personas. Tal y como relata Mumford en su obra cumbre “La ciudad en la historia”, tras los grandes monumentos de la Grecia clásica, se oculta una exaltación de yo colectivo y de la personalidad del propio Pericles. De este modo, se dio un fenómeno que se ha repetido en multitud de ocasiones en el desarrollo de las ciudades: la sólida estructura física ocultaba la podredumbre moral que había tras ella.

 

En el amplio estudio que hizo Mumford sobre la evolución de la arquitectura y del urbanismo, llamó la atención sobre lo que considera “una de las más enigmáticas contradicciones del desarrollo humano, a saber, las tantas veces reiterada falta de armonía, por no decir de duro conflicto, entre el orden estético y el orden moral”. Lo que descubrió Mumford como una constante en la historia de las ciudades es que a medida que la vida de la ciudad se desintegraba, su aspecto exterior tendía a ofrecer un grado mucho más elevado de orden formal y coherencia. Así pues, en palabras de Mumford, “con excesiva frecuencia, la envoltura física refinada es la expresión definitiva de un organismo cívico frustrado y debilitado espiritualmente”.
 
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 Hemos perdido de vista que la función principal de la ciudad es facilitar las relaciones personales: es decir, permitir –y, por supuesto, alentar-, tal y como comentó Lewis Mumford, “el mayor número posible de encuentros, reuniones y coincidencias entre los más diversos grupos y personas, proporcionando, por decirlo así, el ambiente y escenario en que se desarrollará el drama (o comedia, o sainete) de la vida social, como actores, más que como meros espectadores de la realidad. La función social de los espacios abiertos de la ciudad es reunir a la gente”. La ciudad no se hace en el interior de las viviendas, sino en las calles y en los espacios públicos.
A nuestro alcance está iniciar una nueva etapa, como la expuesta por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”, que tenga como meta la búsqueda del equilibrio humano mediante la puesta a disposición de los ciudadanos de un entorno igualmente equilibrado entre lo construido y lo natural, que contenga los ingredientes fundamentales para una vida plena y rica.
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EL MUNDO BIDIMENSIONAL

Durante una visita a Nueva York, Albert Einstein mantuvo una conversación con Waldo Frank en la que el sabio físico le confesó la impresión que le había causada la Gran Manzana: “esto parece una tierra de solo dos dimensiones”.  La ciudad que representa el poder capitalista era percibida por Einstein, desde su agua visión científica, como un mundo que no tenía más que superficie. En palabras de Frank, “su energía va siempre encaminada a formar fronteras de la acción, sin profundizar nunca, sin convertir nunca lo conquistado en tercera dimensión”. Esta inteligente observación es más clara ahora que cuando fue escrita hace más de setenta años. Todo hoy día se queda en la superficie. No hay más que echarle un vistazo a lo que se publica en los medios de comunicación, leer los comentarios simplistas que se repiten hasta la saciedad en las redes sociales, escuchar los absurdos y superficiales análisis de políticos y “expertos”, ver los idiotizantes programas de la televisión, etc….
 
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Incluso en ciertos dominios en los que se sobreentiende debe estar presente las tres dimensiones básicas de la realidad, como  en la arquitectura, nos damos de bruces contra esta mutilada percepción del mundo. En la mayoría de las ciudades en la que se ha impuesto el denominado “Estilo Internacional”, la arquitectura, según Waldo Frank, “es plana, no tiene fondo, y, como consecuencia, hace ante la mirada inteligente el efecto de algo etéreo e ilusorio. Puede representar el poder, que es capaz de proyectar múltiples cosas de dos dimensiones, pero que no es capaz de crear ese fondo en el cual comienza la vida real: “la tercera dimensión”, que en otro lenguaje se llama “conciencia” o “espíritu”.

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                Las dos dimensiones en la que se representa el melodrama actual son la dimensión grupo y la ego-somática, mientras la dimensión cósmica ha sido relegada a un papel secundario, cuando no ha quedado completamente fuera del guión. De las distintas posibilidades de conjunción de las tres dimensiones del yo, la predominante en nuestro tiempo  es aquella en la que la dimensión del ego dirige, produciendo el ego colectivo del rebaño, bien imaginándose que es cósmica, o bien suprimiendo lo cósmico. El  ser egocéntrico se ha convertido en el protagonista exclusivo de este melodrama, cuyo desenlace anuncia que acabará en tragedia.
 
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                La paradoja de la época  en la que nos ha tocado vivir es que, mientras a nuestros hogares llegan las pantallas de visión tridimensional, nuestro mundo interno y externo ha quedado reducido a dos dimensiones y, si no hacemos un gran esfuerzo en la dura tarea de la sociointegación y la psicointegración, estaremos condenados a vivir en un mundo de una sola dimensión, en la de nuestro engrandecido ego.
 
 

jueves, 28 de marzo de 2013

HIJOS E HIJAS DE LAS FLORES


En  la historia de la aparición de la vida en nuestro planeta tuvo lugar, hace varias decenas de millones de años, un punto de inflexión. La era de los reptiles dio paso a la de los mamíferos. Esta era de los mamíferos se vio acompañada de una explosión de flores. Según Mumford, este estallido floral no fue un mero mecanismo ingenioso para respaldar la reproducción, sino que las flores asumieron una variedad de formas y colores que en la mayoría  de los casos no puede explicarse por su valor en la lucha por la supervivencia. Tal florecimiento constituye un ejemplo de la irrefrenable creatividad de la naturaleza. Todo esto sucedió mucho antes de que el hombre apareciera y fuese desarrollando conciencia de la belleza y su deseo de cultivarla. La condición del hombre fue alterándose progresivamente, con su cada vez mayor sensibilidad a la vista, al tacto y al olor de la flora circundante. En este sentido, todos somos hijos de las flores.

El deseo del  cultivar las plantas se convirtió en una necesidad vital para el hombre y  la razón de su éxito como especie. En el huerto y el jardín, un mundo en que la vida prosperaba sin grandes esfuerzos ni matanzas sistemáticas, el hombre tuvo sus primeros atisbos del paraíso, pues paraíso no es más que el término persa original para un jardín vallado. Nuestras ciudades, con sus calles asfaltadas, el incesante ruido y el continuo trasiego de vehículos esta ausentes de las gratificaciones humanas que nos aporta el aroma de una flor o una hierba, el vuelo o la canción de un pájaro, el resplandor de una sonrisa o el cálido roce de una mano.
 
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lunes, 25 de marzo de 2013

MEDIOS PARA LLEGAR AL AUTOCONOCIMIENTO

En otras ocasiones me he hecho eco de la exhortación de Mumford para que dediquemos una parte significativa de nuestro tiempo al autoexamen y al autoconocimiento. Mumford no fue muy explícito en cuando a los medios para alcanzar estos fines. Su buen amigo Waldo Frank fue bastante más claro y nos dejo por escrito, en su obra “América Hispana”, un breve decálogo de los medios para llegar al conocimiento propio:

1.- La contemplación y la meditación en horas de soledad y por medio de una técnica psicológica personal.

2.- La dedicación a las artes por el placer personal o comunal, pero sin la desviación intencionada de sus formas y sustancias hacia propósitos sociales.

3.- El estudio del pasado –la historia, la arqueología, la filología, etc.., sin el afán de querer probar un programa contemporáneo.

4.- La purificación y la honda sumersión del yo por el ejercicio de su actitud mística.
 
 
" Medite al atardecer, mirando las estrellas y acariciando a su perro, es un remedio infalible. ", Ralph Waldo Emerson.
 

sábado, 23 de marzo de 2013

REFLEXIONES SOBRE EL PROYECTO DE REVOLUCIÓN INTEGRAL


Un compañero y amigo publicó ayer en este grupo de reflexión el “llamamiento a construir un espacio político e ideológico internacional”. No conocía este documento, pero sí la amplia información disponible en el espacio web que los promotores de esta iniciativa han creado para difundir este proyecto (http://integrarevolucio.net/es/).  De la lectura del documento en cuestión y de los otros textos consultados he llegado a la conclusión de que se trata de una iniciativa digna de elogio y apoyo. Un proyecto indispensable para superar la crisis multidimensional que nos azota. Su principal virtud es que contempla las dos principales dimensiones de la crisis, la interna y la externa, por lo que tiene bien ganado el apelativo de integral.

            Desde los años 70, coincidiendo con el fin de los llamados “treinta años gloriosos del capitalismo” que se iniciaron tras la Segunda Guerra Mundial, surgieron con fuerza importantes movimientos cívicos (ecologismo, feminismo, defensa de los consumidores, antimilitarismo, etc…). Todos estos grupos han desarrollado una labor intensa y sus logros han sido destacados. Sin embargo, no han conseguido acabar con el modelo económico que sustenta todo el entramado social, económico y financiero que ha conducido a una profunda crisis civilizatoria. Sus éxitos han sido parciales, como también lo ha sido su visión del problema y la estrategia para combatirlo.

Echando mano de una metáfora pictórica, los pintores del cuadro de la situación mundial han situado su caballete en los cómodos miradores acondicionados por el sistema, cuando lo que era necesario para obtener una imagen completa del panorama mundial pasaba por ascender hasta la cima de la montaña. Solo desde la cúspide es posible obtener un imagen completa del paisaje que nos proponemos transformar y recultivar con semillas que hagan florecer un nuevo tipo de hombre y de sociedad. Pero, claro, no todos han tenido la fortuna o la suficiente decisión para escalar por las escarpadas paredes del pensamiento y llegar a la cumbre. Desgraciadamente, la mayoría de la gente se acomoda en las placidas llanuras del confort físico y el conformismo. Ni siquiera se han tomado el mínimo esfuerzo para subir a los miradores situados a pie del valle. El simple gesto conducente a la elevación mental y moral les marea por la falta de práctica.

Son pocos, por tanto, quienes han conseguido llegar a la cima, sirviéndose de las exhaustivas descripciones y detallados planos que nos han legado los gigantes del pensamiento que ha dado la humanidad. Pero alcanzar la cumbre no es garantía de éxito en la ardua tarea de transformar el complejo mundo en el que nos ha tocado vivir. De sobra son conocidos los males asociados a las alturas. No debemos olvidar, como nos recordó Chesterton, que “la humildad es madre de gigantes. Uno ve grandes cosas desde el valle y sólo pequeñas cosas desde la cima”. Si olvidamos esta idea puede ocurrirnos como el protagonista de una de sus historias del padre Brown, “una buena persona que cometió un terrible crimen. Pensó que dependía de él juzgar al mundo y castigar al pecador. Si hubiese estado arrodillado en el suelo con los demás, jamás se le habría ocurrido tal cosa, pero desde lo alto del campanario vio a los hombres paseándose como insectos y sobre todo vio pasar a uno, insolente y llamativo con un sombrero verde: un insecto venenoso”. Quiero decir con esto que no podemos caer en la prepotencia y la arrogancia, sintiéndonos como los dioses del Olimpo.

Que lleguen a la cima solo un pequeño grupo de elegidos no es solución a los retos a los que hoy día se enfrenta la humanidad. Durante un tiempo resultará reconfortante compartir una bella panorámica del mundo y departir con iguales en madurez personal e intelectual. Pero pronto llegaría el hastío y la desesperanza al ver que nuestras voces no llegan al valle y son devueltas por la montaña en forma de ensordecedor y estéril eco. Esta fase de retiro en la cumbre del promontorio, -necesaria para la reflexión, la simplificación y la liberación de los automatismos-, debe contemplarse como un paso preliminar en la reconstrucción de la personalidad y la renovación de la sociedad de la que formamos parte. Estos actos iniciales pueden y deben ser adoptados por cada uno de nosotros en solitario, ya que el propósito de este  retiro voluntario, de nuestro ayuno y purificación, es despertar el apetito por la vida.

Una vez que hayamos emprendido los pasos preparatorios tenemos que retornar al grupo y volver a unirnos con los que han experimentado una regeneración similar y son por ello capaces de asumir la responsabilidad y tomar  parte en la acción. Nuestra participación en el grupo no puede ser pasiva. No es suficiente pertenecer o simpatizar con el movimiento para la “Revolución Integral”. El éxito del proyecto será posible si todos estamos preparados, según las circunstancias, a tomar nuestro turno en cualquiera de las funciones del grupo: coordinar, pensar, emocionar, excitar, asimilar, etc...

La iniciativa para la Revolución Integral sobrevivirá si cada uno de nosotros dedicamos una apreciable parte de nuestra vida a la promoción de su existencia. Tal y como comenta Lewis Mumford en “la conducta de la vida”, “todo grupo, al igual que toda persona, debe ser cada vez más autónomo y autodesarrollado, marcando una clara ruptura con los actuales controles políticos y económicos”. Según Mumford, a través del propio acto de recuperar la iniciativa y ampliar sus actividades, incluso el más pequeño grupo, mediante una preocupación constante por su continuidad, contribuye a promover  una cooperación más universal.

Ningún grupo vive para sí mismo. Para crear a un ser humano de verdaderas dimensiones humanas se necesita la cooperación de una sociedad con vocación universal. De igual modo, para crear una sociedad universal, debemos contar con hombres y mujeres que busquen la plenitud de la vida, que se nieguen a ser fracciones insignificantes y aspiren, por el contario, a convertirse en ser íntegros. Estos son dos aspectos del mismo acto; y con ese acto, un nuevo mundo llegará a ser posible.

Para el hombre y la mujer despierta, la propia vida es esencialmente un proceso de educación, realizado a través de la maduración, la crisis, y la renovación. Merced a este proceso educativo  emergen las más plenas potencialidades de la comunidad y de  la persona. Esta filosofía no segrega el aprendizaje de la vida, o el conocimiento de la acción. El ser humano del que estamos hablamos nunca abandona la “escuela”, porque en ningún momento cree que haya completado su educación. Este es, desde mi punto de vista, el único medio eficaz para constituir un cuerpo social orgánico en el que cada uno de sus miembros han desarrollado al máximo su capacidad de equilibrio, universalidad y totalidad. Este último aspecto es fundamental para alcanzar el éxito en una empresa de cambio social como la que pretende el bloque para la revolución integral. Cada uno de nosotros, como las células de un organismo biológico, debe poseer las capacidades y los conocimientos para llevar a cabo cualquiera de las funciones necesarias para la supervivencia del grupo, aunque desarrolle  alguna en particular. Tales conocimientos y destrezas, a diferencia de las células, no son inconscientes, sino que deben adquirirse a través de la paideia o la educación.

Tal y como nos recuerda Werner Jaeger en su estudio “Paideia: los ideales de la cultura griega”, “la democracia, con su apreciación optimista de la capacidad del ser humano para gobernarse a sí mismo, presuponía un alto nivel de cultura. Esto sugería la idea de hacer de la educación el punto de Arquímedes en que era necesario apoyarse para mover el mundo político”. Las ideas de Jaeger sobre la paideia fueron resumidas por Lewis Mumford en su obra “Las transformaciones del hombre”. Según la lectura que hace Mumford de este término, la paideia, -tarea que debe de convertirse en la principal de la vida del hombre democrático-, “es la educación mirada como una transformación de la personalidad humana que dura toda la vida, y en la cual todos los aspectos de ella desempeñan un papel. A diferencia de la educación en el sentido tradicional, la paideia no se limita a procesos de aprendizaje consciente, ni a iniciar a los jóvenes en la herencia social de la comunidad. La paideia es más bien la tarea de dar forma al acto mismo de vivir, tratando toda ocasión de la vida como un medio para hacerse a sí mismo, y como parte de un proceso más amplio de conversión de hechos en valores, procesos en finalidades, esperanzas y planes en consumaciones y realizaciones. La paideia no es únicamente un aprendizaje: es un hacer y un formar, y la obra de arte perseguida por la paideia es el ser humano mismo”.