sábado, 20 de abril de 2013

LO QUE NOS DEPARA EL FUTURO

Arthur Schopenhauer en su “Arte de Buen Vivir”, manifestó que “entre los cerebros vulgares y los sensatos hay una diferencia característica que se señala a menudo en la vida ordinaria: es que los primeros, cuando reflexionan en un principio posible cuya magnitud quieren apreciar, no buscan y no consideran sino lo que puede haber sucedido ya semejante, en tanto que los segundos piensan por sí mismo en lo que pudiera suceder”. Si aplicáramos este aforismo al conjunto de la sociedad actual no nos quedaría más remedio que declararnos completamente estúpidos. Y es que nadie con un mínimo de sentido común podría vivir tranquilo ante la cantidad de información contrastada que evidencia el mal camino que ha elegido la humanidad. Nos dirigimos hacia un profundo abismo que ha sido excavado merced a un pensamiento económico basado en la explotación de los recursos del planeta y la potenciación de la competencia entre los hombres.

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Arthur Schopenhauer

            Las llamadas a la capacidad de raciocinio del hombre para abandonar la senda del capitalismo salvaje y trazar un nuevo camino con bases más humanas, han sido continuas por algunos de los más brillantes pensadores. No nos debería de extrañar que G.K. Chesterton dedicará uno de sus ensayos a la cuestión económica y lo titulará “Los límites de la cordura” (Ed. El buey mudo, 2010). Con su particular ironía, puramente inglesa, definió el capitalismo como “aquella organización económica dentro la cual existe una clase capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo”. A partir de esta sencilla definición se pueden hacer una serie de comentarios de vital importancia. 
G.K. Chesterton

            El primero de ellos es que este “capital” ha sido generado mediante la apropiación privada de unos recursos naturales que en ley pertenece a todos los seres vivos que habitamos este planeta. No se trata de establecer una visión bucólica de la naturaleza, sino más bien defendemos la instauración de un sistema que permita al hombre su pleno desarrollo interno y externo desde el respecto a los ciclos de la naturaleza y su capacidad de regeneración natural. En lo definitiva, nuestra propuesta pasa por realizar un monopolio socializado de la mayor parte de materias primas y los recursos de la tierra. Esta idea fue expuesta por Lewis Mumford en “Técnica y Civilización”, llegando a declarar que el monopolio privado de ciertos recursos, como el carbón y el petróleo, “constituyen un anacronismo intolerable, tan intolerable como podría serlo el del sol, el aire o el agua corriente”. ¡Qué diría nuestro apreciado Mumford si viviera para contemplar que el negocio del agua se ha convertido en realidad en nuestros días!.
            La segunda reflexión que nos surge de la definición de Chesterton tiene que ver con el papel del trabajo en el complejo entramado del capitalismo. Sobre este asunto, un compatriota suyo, William Morris (1834-1896), fue de los primeros en denunciar los perjuicios sociales derivados del capitalismo. Para Morris el sistema capitalista se basa en un estado de guerra perpetuo, bajo el grito de “hundir, incendiar y destruir”. Una guerra que obliga a los trabajadores a competir por el sustento; “y es esta lucha o competencia constante entre ellos la que permite a los cazadores de beneficios el obtenerlos y, por medio de la riqueza así adquirida, acaparar todo el poder ejecutivo de un país en sus manos”. Resulta evidente, si nos detenemos a analizar las palabras de Morris, que en esta batalla siempre ha habido un ganador: los detentadores del poder económico.


William Morris

            Los pensadores más optimistas como John Stuart Mill confiaron en que el capitalismo alcanzaría “el estado estacionario”, es decir, un orden económico en el que el área para las nuevas inversiones de capitales hubiera menguado por un proceso natural de autolimitación, en el que por medio de la procreación voluntaria, la población se hubiera estabilizado, y en el que las cifras de beneficio e interés tendieran, como resultado de este doble freno, a caer hacia cero. “Es apenas necesario señalar-dijo Mill-que un estado estacionario del capital y de la población no involucra estado estacionario del mejoramiento humano. Habrá tanto campo de acción como siempre para toda clase de cultura mental y moral y progreso social; tanto campo para mejorar el arte de vivir, y muchas más probabilidades de que sea mejorado, cuando las mentes dejen de estar abstraídas en el arte de medrar. Hasta las artes industriales pueden ser tan serie y exitosamente cultivadas, con la única diferencia de que en lugar de no buscar otro objetivo que el aumento de la riqueza, los progresos industriales produzcan su legítimo efecto, abreviando el trabajo”.

John Stuart Mill

            La profecía de Mill se cumplido en su aspecto más negativo. No cabe duda que el capitalismo hace mucho tiempo que ha alcanzado un nivel de desarrollo que permitiría cubrir con holgura las necesidades básicas de la población mundial. El problema es que no hemos sido capaces de abstraernos “en el arte de medrar” ni hemos abandonado el objetivo del “aumento de la riqueza”. Con ello estamos desperdiciando la oportunidad de lograr una economía equilibrada. Por el contrario, los desequilibrios sociales y económicos se han ido acentuando con el paso de tiempo llegando a un estado de barbarie y deshumanización en el que la vida ha perdido todo su valor.
            Nuestras perspectivas de futuro no son nada halagüeñas. Todo indica que nos dirigimos hacia un mundo en el que una minoría, cada vez más restringida, concentrada en algunos puntos del planeta y armados hasta los dientes, acaparará los menguantes recursos que nos quedan después de varios siglos de ignorancia y codicia. El resto de los humanos serán abandonados a su suerte como desechos de un sistema económico que los desprecia tanto para ni siquiera preocuparse de explotarlos. 
            La solución, a nuestro modo de ver, pasa por deshacer parte de la suicida carrera por el crecimiento económico hasta alcanzar un punto de estabilización y equilibrio. Hagamos caso de estas sabias palabras de G.K.Chesterton: “si no podemos volver atrás, parece que apenas valiera la pena seguir adelante”.

lunes, 15 de abril de 2013

JÓVENES HABITADOS POR LA NADA: FILOSOFÍA Y APEDREAMIENTOS


Creo que ya lo he contado en otra ocasión, pero, debe ser la edad, voy a repetirlo. Cada vez que paso una temporada en Granada me gusta ir a una enorme nave donde se almacenan miles de libros antiguos y de ocasión. Hasta ahora pensaba que acudía a este almacén para buscarla libros, pero, la última vez que he ido allí, me he dado cuenta que son los libros quienes me encuentran a mí. Me gusta pensar que los libros son como niños huérfanos que esperan ansiosos a que alguien amoroso se los lleve a su casa. En la última ocasión he adoptado dos libros: “La civilización del ocio” y “La sabiduría antigua: Tratamiento para los males del hombre contemporáneo” del Prof. Giovanni Reale. Al tenerlo en mis manos pensé, ¿Qué quieren decirme estos libros?¿ Por qué me han elegido?. Pronto lo entendí.
            Poco antes que iniciar la lectura del libro sobre la sabiduría antigua eché un vistazo a la prensa local. ¿Y qué me encontré?. Pues un poco lo de siempre en estos convulsos tiempos en los que se ha desatado la violencia en nuestra ciudad: quema de vehículos, atracos, miedo en la calle y apedreamiento a ciertos servicios públicos. Decidí abstraerme de la cruda realidad y sumergirme en la lectura del libro. Pero cuál fue mi sorpresa cuando en un capítulo denominado “la difusión de la violencia”, encuentro un epígrafe con el sugerente título de “jóvenes habitados por la nada”.  ¿Y saben de que va este apartado del libro?. Pues del fenómeno de los jóvenes que lanzan piedra contra los automóviles ¡Quién me iba a decir que en un libro de filosofía podía hallar parte de la respuesta sobre las causas de los frecuentes apedreamientos que sufren los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en Ceuta!.
            El Prof. Giovanni Reale reproduce en su libro parte de un artículo del periodista Alberto Belivacqua, titulado precisamente “jóvenes habitados por la nada”, que fue publicado en el rotativo italiano Corriere della Sera, el 21 de agosto de 1994. Este periodista comentaba que, en su opinión, el lanzamientos de piedra contra los vehículos “era un tipo de terrorismo: carente, absolutamente, de motivaciones pseudoideológicas, privado de toda motivación que no sea la esa la esencia misma, perversa, del acto concluido”. Para el autor del artículo, los perpetradores de este tipo de actos no son “jóvenes”. En realidad, son “viejos”, ya que en ellos ha desaparecido completamente todo respeto por el hombre y todo el sentido de la vida. Según Belivacqua, “esos maleantes no tienen como enemigo a nada ni a nadie. Obtusamente, advierten el peso de una psique que ya no posee el bien de la inocencia y se convierten en ladrones porque tratan de robar ese  bien preciado a las otras existencias […]. Los lanzadores de piedras sueñan –en el sentido que puede soñar un inconsciente- con una sociedad de hombres semejantes a ellos: de envolturas habitadas sólo por la nada maligna, por un vacío sepulcral”.
            Estos jóvenes forman parte de un mundo profetizado por Nietzsche en el que “el aniquilamiento mediante la mano acompaña el aniquilamiento mediante el juicio”. En este escenario de tinieblas, comenta el Prof. Reale, “la inocencia es odiada oscuramente, como amenaza del remordimiento por parte de quien tiene el alma enferma: enferma del gusto de la destrucción, que no es otra cosa que la satisfacción que el hombre prueba por la nada”. En definitiva, el alcance del perfecto nihilismo, propio de aquellas vidas que suscita náusea, piedad y el placer de la destrucción.

jueves, 11 de abril de 2013

EL INFIERNO DE LOS INOCENTES

              Hace unos días fui testigo de una conversación en torno a la vida de una persona, recientemente fallecida, de la que se alabó su bondad. Nunca, según contaron, había discutido con nadie ni se le conocía enemigos. Esto me hizo pensar en la cantidad de personas que viven una vida libre de culpa: personas que trabajan regularmente en sus puestos de trabajo, mantienen a sus familias dignamente, muestran un grado razonable de bondad hacia aquellos que le rodean, soportando los insípidos días, y van por fin a la tumba sin haber cometido ningún mal activo contra un ser vivo. La misma insipidez de la existencia de tales personas -como la transparencia del agua del mar en pequeñas cantidades-oculta la colectiva negruna de su conducta. Su pecado consiste, como nos advirtió Lewis Mumford (La Conducta de la Vida, 1951), en la retirada de más exigentes oportunidades, en una negación de las superiores capacidades: en una pereza, una indiferencia, una complacencia, una pasividad más fatales para la vida que los más escandalosos pecados y crímenes.



            El apasionado asesino puede arrepentirse; el amigo desleal puede lamentar su falta de fe y cumplir sus obligaciones de amistad, pero el  hombre “humilde y honesto”, que ha obedecido las normas y meticulosamente ha rellenado todos los formularios legales, puede regocijarse por su forma de ser, aunque ésta sea profundamente desdichada. Es precisamente en nombre de tales hombres, -aquellos no ven ninguna necesidad de cambiar su mente o de rectificar su manera de actuar-, que nuestra sociedad se desliza de la desgracia a la crisis y de la crisis a la catástrofe. No es de extrañar que Dante  enviara a estos seres inocentes -aquellos que estaban ni a favor ni en contra del bien- a los infiernos. El infierno de nuestro tiempo se debe en gran parte a sus decisiones o, más bien, a su falta de acción.




            Este sentido general de irreprochable conducta ha sido cómplice, en nuestro tiempo, de nuestros más extravagantes pecados, siendo éstos, tal vez, menos los pecados de la violencia que los pecados de la inercia. Nos dejamos llevar por la parcialidad, la estrechez de miras, la rigidez, el error de cálculo y el orgullo. Y con ello, desde esta aparentemente participación involuntaria con los males, los aumentamos y corremos el riesgo de quedar atrapados en una turba homicida, similar a la que sufrió el pueblo alemán durante el nazismo. En nuestra civilización, las mismas fuerzas impersonales que presiden buena parte de nuestro destino nos implican a cada uno de nosotros, casi automáticamente, en los actos pecaminosos. Ya seamos conscientes de ello o no, los enfermos mentales son abandonados, los pobres  mueren de hambre, nuestros gobiernos fabrican armas de exterminio, el planeta se destruye para satisfacer la codicia de algunos,  y miles de similares actos del mal son realizados gracias a nuestra complicidad. Estamos involucrados en estos pecados y sólo se podrán corregir si confesamos nuestra participación y tomamos sobre nosotros, de manera personal, la carga de corregirlos.

            El primer impulso de muchas personas, cuando sienten la necesidad de un cambio social y la eliminación de algunos de los males a los que nos hemos referido con anterioridad, es darse de alta en alguna asociación, adoptar a un niño de forma virtual o prestar su firma para alguna causa justa. Estas medidas están bien, pero son insuficientes. Los retos actuales requieren una auto-transformación, y no mecanismos de piadosa expiación para acciones irrealizadas. Tampoco sirve de nada nuestra constante delegación de nuestras responsabilidades personales en las administraciones. Por el contrario, debemos reorganizar nuestras propias actividades a fin de poder dedicar una buena parte de nuestro tiempo y energía al servicio público de la comunidad.

            Tenemos que ser conscientes de que la reabsorción del gobierno por los ciudadanos de una comunidad democrática es la única salvaguardia contra las excesivas  intervenciones burocráticas que tienden a surgir en todo Estado, debido a la negligencia, la irresponsabilidad y la indiferencia de sus ciudadanos. Muchos servicios que se realizan ahora inadecuadamente, ya sea por falta presupuesto o porque están en manos de una distante burocracia, deberían ser realizados principalmente de forma voluntaria por los habitantes de una determinada comunidad local.  Esto incluye no sólo los servicios administrativos, demasiado a menudo eludidos en una democracia, como los trabajos en los consejos escolares, las asociaciones de consumidores, y cosas por el estilo, sino que también deberían incluir otros tipos de trabajos públicos, como la plantación de árboles, el cuidado de los jardines públicos y parques, incluso algunas de las funciones de la policía. A través de este tipo de trabajos, cada ciudadano no sólo llegaría a sentir como en casa en cada parte de su ciudad y su región, sino que al mismo tiempo se haría cargo de la vida institucional de su comunidad como una persona responsable.
            Desde nuestra visión, resulta contraproducente desde el punto social e inviable desde el punto de vista económico, seguir incrementando el número de funcionarios para intentar dar respuesta a unas cuestiones que necesitan otros tipos de planteamientos. Los problemas de seguridad ciudadana no se solucionan aumentando el número de policías locales, sino atajando las causas sociales y económicas que provocan la marginación y la exclusión social; el fracaso educativo no puede ser resuelto incrementando el número de docentes, más bien pasa por una profunda reforma del sistema educativo y una reeducación moral y ética; la salud de los ciudadanos no se mejorará con un incremento de médicos y centros sanitarios, sino a través de un cambio en los hábitos y costumbres, y en la mejora de la calidad ambiental de nuestro entorno; para una justicia más “justa” no necesitamos más funcionarios, sino menos burocracia.   Así podríamos seguir con el resto de los servicios que actualmente prestan las administraciones públicas, muchos de los cuales deberían ser de nuevo asumidos por los propios ciudadanos, aunque corramos el riesgo de perder nuestro socorrido chivo expiatorio al que cargarle la responsabilidad de todos los males que nos suceden.
            La crisis económica en la que estamos inmersos requiere replantearnos nuestras responsabilidades ciudadanas. Sin lugar a dudas necesitamos abordar una Revolución Integral. Claro que para esto necesitamos no hombres “inocentes” y dóciles, su lugar lo tienen que ocupar personas dispuestas a soportar las penalidades asociadas a la disconformidad con los establecidos patrones sociales. En términos coloquiales, personas dispuestas a asomar la cabeza por encima de la tapia, aún a riesgo de recibir una pedrada.

jueves, 4 de abril de 2013

SIN INTELIGENCIA NO HAY FUTURO


Hace algún tiempo publicaba “El País” un interesante artículo de opinión de Rüdiger Safranski titulado “la actualidad de Schopenhauer”. En este artículo se centraba en el mensaje de una de las principales obras de Schopenhauer: “El mundo como voluntad y representación”. En síntesis, el ensayista R. Safranski considera fundamental recuperar la idea del filósofo alemán de superar la voluntad egoísta y aprender a dejar de satisfacer nuestros impulsos de manera ansiosa. Pero no es de esto de lo que queremos tratar en este espacio de opinión, sino de una idea que leímos hace algún tiempo en otra gran obra de este pensador, “El Arte del Buen Vivir”. Schopenhauer concluye la introducción de este libro con una declaración impactante que dice así: “en general, los sabios de todos los tiempos han dicho siempre lo mismo, y los necios, esto es, la inmensa mayoría de todos los tiempos, han hecho y dicho también lo mismo, y siempre seguirá siendo así”. Pues bien una de las ideas que han compartido los intelectuales que más admiramos es la necesidad de adecuar nuestro nivel de desarrollo técnico con el nivel de nuestra inteligencia individual y colectiva.

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                                            Arthur Schopenhauer
 
Uno de los primeros al que leímos un pronunciamiento respecto al atraso del desarrollo mental en comparación con el avance tecnológico fue a Lewis Mumford. En “My Works and Days” (1985), advirtió que “el peligro del sistema industrial mecanizado no es que la población presione sobre la provisión de alimentos: el peligro es que la población presione sobre la provisión de inteligencia. Y parece claro que, al igual que con los alimentos, sin inteligencia la gente perecerá”. Antes que Mumford, un testigo del drástico cambio que sucedió en el mundo entre finales del siglo XIX y principios del XX, el historiador Henry Adams, nos han legado una descripción del sentimiento que embargaba a las mentes más lucidas de esta época: “…el poder había crecido más que su utilidad y afirmado su libertad. El cilindro había estallado y arrojado con ello grandes masas de piedra y vapor contra el cielo. La ciudad tenía el tono y la cadencia de la histeria, y los ciudadanos proclamaban a gritos, airados y alarmados, que las nuevas fuerzas debían a toda costa ser sometidas a control. Una prosperidad que no había sido imaginada antes, un poder que el hombre no había ejercido aún, una velocidad que no había sido alcanzada sino por los meteoritos habían dejado al mundo irritable, nervioso, displicente, falto de razón y asustado”.


                                                   Lewis Mumford
 
Otro de los intelectuales que nos alertó sobre el problema de la falta de inteligencia a la hora de utilizar los nuevos instrumentos técnicos fue el considerado uno de los más brillantes científicos del siglo XX, el físico Albert Einstein. En su obra autobiografía, “Mis ideas y opiniones”, recoge el siguiente pensamiento: “lo que el genio creador del hombre ha brindado en los últimos cien años podría habernos ofrecido una vida mucho más placentera y tranquila si el desarrollo de la capacidad de organización hubiese ido a la par del progreso técnico. Tal y como están las cosas, en manos de nuestra generación, esos bienes que tanto costó lograr son como una navaja barbera en manos de un niño de tres años. En vez de libertad, la posesión de maravillosos medios de producción ha traído consigo hambre y preocupaciones”.

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La lista de autores que han llegado a planteamientos similares a los expuestos con anterioridad sería interminable, pero no nos resistimos a incluir uno más reciente, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010 . Nos estamos refiriendo al escritor libanés Amin Maalouf, que en su último libro “El desajuste del mundo”, ha llegado a declarar que “la pregunta pertinente no es si nuestra mentalidad y nuestro comportamiento han progresado en comparación con los de nuestros antepasados; es si han evolucionado lo suficiente para permitir que les plantemos cara a los gigantescos retos del mundo de hoy”. Sinceramente, nosotros tenemos serías dudas de la capacidad del hombre de estar a la altura de las circunstancias. Al menos de la capacidad del hombre “posthistórico”, descrito por Roderick Seidenberg, en lo que nos hemos estamos convirtiendo debido a la adaptación por completo a la máquina. Si miramos a nuestro alrededor o somos capaces de un sincero ejercicio de autocrítica nos daremos cuenta que, salvo raras excepciones, somos unos ignorantes de nuestra propia ignorancia.
 
Amin Maalouf
 

El futuro de la humanidad depende del pleno ejercicio de nuestra inteligencia. El mundo no se salvará de la autodestrucción si no conseguimos erradicar la ignorancia mediante la difusión de la cultura y la educación. Por eso sentimos tanta desazón cuando nos enteramos del alto índice de fracaso escolar; de la incultura de algunos sectores de la sociedad que desconocen los nombres de los más notables escritores que ha dado nuestro país, pero que se saben de pe a pa la alineación de la selección de fútbol; de la acción de aquellos que aprovechan cualquier legítima movilización ciudadana para dar rienda suelta a la violencia animal; de tantos descerebrados que circulan por nuestras calles con la música a toda pastilla y las ventanas bajadas; de las noticias sobre las guerras, el fanatismo religioso, la corrupción, la tortura, la pena de muerte,..; de tantas y tantas cosas que nos hace dudar de la inteligencia del ser humano. No obstante, coincidimos con Bertrand Russell en la idea de que “la inteligencia, la paciencia y la elocuencia, más tarde o más temprano, pueden liberar a la especie humana de las torturas que se impone a sí misma, siempre que no se autoelimine antes”.

 

miércoles, 3 de abril de 2013

LA IDEA DEL ISLAM


La idea del Paraíso en el islam tiene mucho que ver con sus orígenes desérticos. En la magnífica descripción que hace Waldo Frank del ambiente en el que surgió el islam, en su “España Virgen”, comentaba que los desiertos en los que nace esta “idea”, “el mundo del día es un mundo de violencias, sin agua y sin dulzura; el mundo de esta vida que apenas es una marcha falaz y apasionada hacia el crepúsculo. La noche es el reino del hombre, su amada realidad: un mundo de jardines en los que fluye el agua, un hogar de llamas tranquilas, un paraje de sombras y de meditación, un refugio empapado de amor. No es extraño el triunfo de Mahoma, el amo de las tierras de la desolación, que aún conduce su pueblo a través de un día de llamas hacia el sueño revelador de su sombrío paraíso”. 
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He entrecomillado la palabra idea para referirme al islam, ya que en opinión de Frank, “el Islam clásico no es esencialmente una religión; es una idea. Una idea en movimiento, en movimiento horizontal cuyo punto de partida es el triunfo. El que sigue al Profeta no puede perder. Lo peor que puede suceder es morir, y la muerte en el sagrado campo de la batalla significa beatitud  huríes. Sigue diciendo esta pensador que “la vida del islam era un ventajoso estado de guerra. En el caos ingente del desierto se creó este esfuerzo constante de avance, y el islam fue perpetua invasión. La vida de este pueblo no era más que guerra, invasión, conquista…, muerte al fin. Lo contrario de la guerra –de la vida del islam-era la paz”.
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La tragedia del islam, desde el punto de vista de Waldo Frank, que yo comparto, estriba en dos razones: la primera de ella es que “el cuerpo (simbolizando a la idea del islam) se movió, pero las formas del cuerpo no se movieron, de lo cual resultó que el cuerpo comenzó a pudrirse en cuanto cesó de crecer por la yuxtaposición de la conquistas exteriores”. En segundo lugar, el islam carece de “la autonomía del sistema para la creación de las ideas, por medio de la cual la vida se recrea. El lenguaje literarios de los árabes es el mismo que el del Corán, porque el dogma declara que la maraña de los escritos de Mahoma es perfecta, y….¡Quién se atreverá a cambar lo que es perfecto!. Se puede decir que “la idea del islam ha impedido su propio crecimiento”. Esta muerte por inanición, que es patente en el Islam moderno, está ya implícita en su origen.  
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                Mi conclusión es que, como acertadamente comentaba Nasama Ali Ahmed en uno de sus escritos, es necesario que los musulmanes aborden una profunda autocrítica en torno a la idea que sostiene su manera de entender la vida..y la muerte. Tarea harto complicada si no son capaces de romper los férreos vínculos que les unen con unos textos que fueron redactados para que nunca fueran cuestionados o interpretados. Lo único que podemos solicitar a los musulmanes es que, si ellos mismos no son capaces para salir de la cárcel ideológica en la que se han cerrado de manera voluntaria,  al menos permitan que quienes estamos fuera de su “idea” podamos ayudarle a escapar de un presidio del que nosotros pudimos escapar hace varios siglos por medio de la ilustración y la razón.

martes, 2 de abril de 2013

SALUD Y ENFERMEDAD EN LA CIUDAD

Tal y como expresó Edward T. Hall en su conocida obra “La dimensión oculta”, todos los animales tienen necesidad de un espacio mínimo, sin el cual no pueden sobrevivir: es lo que denominó el “espacio crítico” de cada organismo. Cuando la población aumenta tanto que ya no hay espacio crítico disponible, aparece una “situación crítica”. Este tipo de situaciones se resuelven de modo natural por el método más sencillo: la supresión de algunos individuos. Ciertos estudios, como los de P. Errigton (1957) revelaron que las ratas almizcleras comparten con el hombre la propensión a volverse salvajes en condiciones de hacinamiento estresante. Y demostró además que cuando la densidad de población pasa de cierto límite disminuye la natalidad en las ratas almizcleras.
 
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                                                 Edward T. Hall
 
Los etólogos, durante mucho tiempo, se resistían a declarar abiertamente que los resultados de sus trabajos tuvieran una aplicación directa al hombre, a pesar de que sabían a ciencia cierta que los animales hacinados y estresados sufren ataques cardiacos, problemas circulatorios y una menor resistencia a las enfermedades. Estas resistencias han sido poco a poco anuladas ante la rotundidad de las evidencias científicas que han demostrado que tanto animales como los hombres (que no dejamos de ser un tipo particular de animal) responden ante el exceso de población con el mismo tipo de enfermedades: alta presión sanguínea, enfermedades del aparato circulatorio y enfermedades del corazón, aunque en su alimentación entren pocas grasas.
 
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Ian L.McHarg, dedicó el último capítulo de su libro “Proyectar con la naturaleza” (Ed.Gustavo Gili, 2000), a la salud y la enfermedad en la ciudad. Partiendo del argumento de Scott Williamson que sostenía la unidad de la salud física, social y mental, y su relación con ambientes sociales y físicos específicos, realizó un estudio experimental en la ciudad de Filadelfia para esclarecer la correlación existente entre enfermedad y ambiente. Para ello recopiló diversas estadísticas sobre las tres categorías de salud aludidas (física, social y mental), así como una serie de datos referentes a la situación económica, el origen étnico de la población, la calidad de la vivienda, la contaminación atmosférica y la densidad. Toda esta información se representó en mapas para mostrar las zonas de salud relativa y enfermedad. El resultado más evidente fue que el centro de la ciudad, el de mayor densidad de población y el más deprimido desde el punto de vista socioeconómico, era también el centro de la enfermedad.

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                                                  Ian McHarg
 
En esta misma obra de Ian McHarg se hace alusión a los experimentos con ratas que llevaron a cabo el doctor Calhoun y el doctor Jack Christian. Este último llegó “a la conclusión de que a medida que la densidad aumenta, también aumenta las presiones sociales que se manifiestan en enfermedades de estrés”. Asimismo, comprobó “que todo ello afecta no sólo a la capacidad reproductora (ACTH y las hormonas andrógenas inhiben a las ganadotrófinas), sino que también provocan enfermedades cardiacas y renales” y en las glándulas suprarrenales. Por su parte, el doctor Calhoun se centró más en los cambios del comportamiento social relacionados con los incrementos en la densidad. Lo importante es que ambos investigadores estaban convencidos de que “los efectos que habían observado en las sociedades animales son aplicables al hombre, como queda confirmado por la semejanza de las enfermedades sufridas por los animales de los experimentos y por los hombres en ambientes urbanos”.

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La conclusión a la que llegó Ian McHarg es que existe una estrecha relación entre densificación, la presión social y la enfermedad. Según su criterio, compartido con G.Scott Williamson, “la salud individual va unida a la familiar y la comunitaria”, siendo la enfermedad física, mental y social manifestaciones unitarias.

lunes, 1 de abril de 2013

ENFERMEDADES DE LA CIVILIZACIÓN

            Reflexionando sobre la enfermedad vino a mi memoria la lectura del libro “Némesis médica” de Iván Illich, o los apuntes de André Gorz, en “Ecología y política”, que analizaron de manera brillante la relación entre medicina, salud y sociedad. Estos autores coincide en destacar una idea que puede resultar obvia, pero que tenemos costumbre de olvidar: las enfermedades aparecen y desaparecen en función de factores relacionados con el medio ambiente, la alimentación, el hábitat, el modo de vida y la higiene (hygieia), entendida, en su sentido original, como el conjunto de reglas y condiciones de vida. Una mejora en estas últimas, tales como la existencia de una eficaz red de abastecimiento y saneamiento o la alfabetización, explicaría el 85,8 % de las disparidades de esperanza de vida en el mundo. Quizá muchos ignoran que la ausencia de tratamiento de las aguas fecales es actualmente la principal causa de muerte en el planeta, o por decirlo de otra manera, la construcción de la redes de saneamiento en las ciudades a finales del siglo XIX aumentaron la esperanza de vida en más de veinte años.

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                                    Iván Illich

Según André Gorz, “la medicina no puede dar la salud cuando el modo y el medio de vida la degradan. Los antropólogos y los epidemólogos lo saben de sobra: los individuos no solamente enferman a causa de algún ataque exterior o accidental, curable mediante cuidados técnicos: enferman también, aún más frecuentemente, por la sociedad y la vida que llevan... Resulta evidente que las enfermedades degenerativas, así como la infecciosas de las que han tomado el relevo, son fundamentalmente enfermedades de civilización”. Así, siguiendo la terminología creada por Winkelstein, tendríamos que hablar de enfermedades de la opulencia (provocadas por el exceso de ingesta de alimentación, el escaso ejercicio físico, etc…); enfermedades de la velocidad (estrés, ansiedad,…), enfermedades de la contaminación, etc…

                                        André Gorz

 
En un estudio de la Agencia Internacional para la investigación contra el cáncer, dirigido por el profesor Higgison, estableció que el 80 % de los cánceres son debidos al medio y al modo de vida de las sociedades industriales. Cada día disponemos de nuevos datos respecto a los caracteres patógenos de la contaminación del agua que bebemos; del aire que respiramos; de los alimentos que consumimos, cargados de pesticidas, hormonas y antibióticos; de los productos químicos que utilizamos a diario; y hasta de las prendas que vestimos. Sabemos igualmente que las condiciones laborales causan muchas enfermedades, que la contaminación acústica afecta cada día a más personas, que el ritmo impuesto por la sociedad capitalista produce graves desequilibrios emocionales, a unos niveles que ha llevado a situar al suicidio como la principal causa de muerte no natural en los países desarrollados. Todos tendríamos que hacernos la siguiente pregunta. ¿Por qué exigimos constantemente medios contra las consecuencias y costos de la enfermedad, pero no para protegernos contra las enfermedades mismas, eliminando sus causas?¿Por qué reivindicamos más medios sanitarios en lugar de preocuparnos de las condiciones que harían prescindir en buena medida de sus cuidados?¿Por qué en lugar de modificar nuestros hábitos de vida malsanos exigimos a nuestro médico que atenúe sus efectos?. La respuesta, en opinión de André Gorz e Iván Illich, habría buscarla en el hecho de que “la práctica de la medicina es un comercio; las relaciones entre los profesionales de las atenciones médicas y el público son relaciones mercantiles: el profesional vende lo que los clientes piden o aceptan adquirir individualmente. La medicina está desempeñando de hecho una acción defensiva del estado de cosas existentes: postula implícitamente que la enfermedad es imputable al organismo enfermo y no a su medio vital y laboral, y con ello no pone en cuestión esas formas de vida y de trabajo contra las cuales se rebela el organismo defendiéndose de ellas con una especie de huelga simbólica. La mayor parte de las enfermedades, en efecto, significan también un “no puedo más” del enfermo, una incapacidad para adaptarse o enfrentarse por más tiempo a una serie de circunstancias que comportan un sufrimiento físico, nervioso, psíquico insostenible a la larga para este individuo, y para todo individuo sano… La higiene, es decir, el arte de vivir de una forma sana, sólo puede integrarse en las conductas y actividades cotidianas en la medida en que los individuos sean dueños de su ritmo y de su medio de vida y trabajo”.

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En definitiva, nuestra salud esta a merced de un modo de vida impuesto por una pensamiento tecnoburocrático del que resulta muy difícil salir y unas condiciones ambientales, igualmente relacionadas con la lógica capitalista, que afectan gravemente a nuestra salud física y mental. El cambio es posible, la esperanza persiste, pero el precio que debemos pagar es muy alto en concepto de cambios en nuestros hábitos y costumbres. La viabilidad de esta transformación depende tanto de un radical cambio en nuestra actitud personal, -que en materia de salud pasaría por comer menos y mejor, hacer ejercicio y aquilatar los beneficios de nuestro elevado “nivel de vida”-; como en promover desde el ejercicio de una ciudadanía activa las modificaciones de carácter global que harían viable otra manera de vivir…y de morir.

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