viernes, 24 de mayo de 2013

DE LA CULTURA DEL NUEVO MUNDO A LA DEL MUNDO ÚNICO


Uno de los aspectos que caracteriza al discurso de la élite ceutí es su excesivo provincianismo. La Ciudad de Ceuta decidió hace tiempo embarcarse en la conmemoración del sexto centenario de la conquista portuguesa de la ciudad, acontecido en 1415. Desde su anuncio se ha desatado una agria polémica política entre el gobierno y la oposición a cuenta de este acontecimiento y de la fundación que se ha constituido para organizar este evento conmemorativo. Unos y otros, enfrascados en su particular lucha partidista y carente de una mínima perspectiva histórica, ignoran la importancia que para el desarrollo de la civilización occidental tuvo el inicio de la expansión ultramarina que arrancó con la conquista lusitana de Ceuta. A partir de este hecho histórico, el espíritu dominante en la Europa occidental paso a ser el de la expansión y la aventura.

            El hombre occidental, según comenta Mumford en su obra “la condición del hombre”,  “perdió el respeto por los límites: lo desconocido, lo no hallado, lo ilimitado empezó a tentar su imaginación y a liberar sus instituciones”. En apenas un siglo, la tradicional concepción medieval del tiempo y del espacio experimentó un drástica transformación. Al mismo tiempo que los barcos desplazaban la línea del horizonte, la mente de estos intrépidos navegantes escapaba de los confinados límites de su visión espacial. De igual modo, el inició de la era de los descubrimientos ayudó a crear un nuevo ideal de la personalidad humana, cuyos deseos, ya no encerrados en sueños, obraban sobre el mundo exterior como voluntad pura. Como consecuencia de este  fenómeno, “el hombre exterior conquistó, pero el hombre interior abdicó”.

            Las cosas empezaron a hacerse de forma diferente. Por primera vez se hizo posible pensar en un principio nuevo, descartando todos los dogmas, las prescripciones y costumbres existentes, tratando de cimentar un orden social  mejor sobre la base de observaciones sin trabas y experiencias racionales. Los cimientos que sostenían el orden establecido empezaron a ceder. Pronto el edificio cedió abriendo la posibilidad de un nuevo mundo en lo social y lo político. El dibujo de este Nuevo Mundo correspondió a los escritores utópicos como Tomas Moro. Parte no pequeña de lo que Moro formuló en el siglo XVI, y plasmó en su célebre “Utopía”, se convirtió en el programa activo de los movimientos democrático y socialista que tomaron forma en el siglo XIX.

            La apertura de un Nuevo Mundo tuvo un efecto profundo sobre la personalidad humana. A partir de estos momentos empiezan a surgir un nuevo ser humano, el hombre disociado. Este nuevo ser, ante los horizontes que se le presentaban, pudo fácilmente romper con los vínculos que le unían a su lugar de nacimiento, a las tradiciones de su tierra, al grupo humano en el que creció, e incluso a su más íntimo círculo familiar. La disociación de la que hablamos se dio en dos planos: el espacial y el temporal. Como fruto de esta huida de la hasta entonces limitada esfera personal surge, por el lado espacial, el viajero, el aventurero, el colono; y por el lado temporal, aquellos que pretenden escapan del hic et nunc (el aquí y ahora), el arqueólogo, el historiador y el amante de las antigüedades. La ruptura con los referentes tradicionales afectó a la propia personalidad del ser humano iniciando un proceso de desintegración que, como Mumford describe, hizo que el hombre exterior floreciera, pero se replegara el hombre interior, provocando unas series lesiones en la estructura social.

            De las disociaciones antes comentadas que estableció el hombre del Nuevo Mundo, quizá la de mayor impacto fue su alejamiento de la comunidad. Las fuertes alianzas personales y sociales del periodo medieval fueron sustituidas por elementos artificiales de cohesión que impuso unos estados cada vez más poderosos y omnipotentes. No es, pues, casualidad, como comenta Mumford, “el que una edad que se jactaba de su libertad, su individualismo, su desprecio de los lazos históricos y los tradicionales deberes cívicos, haya sucumbido al absolutismo y ampliado el reino de lo uniforme. El impulso hacia la ilimitada afirmación del ego, fue reprimido por un idéntico impulso de conformidad servil. Abandonando la búsqueda de la unidad espiritual, el individuo atómico aceptaba la uniformidad mecánica”.

El principal argumento a la que echan mano quienes promueven y defienden la conmemoración del sexto centenario de la conquista portuguesa de  Ceuta es que, con este episodio histórico, nuestra ciudad entre “en la era moderna”. El concepto de hombre moderno debe ser tomado como denominación histórica que cubre un tipo de existencia, un modo de pensamiento y vida social, de un nuevo ego y superego que es cierto comienza a conformarse en las primeras décadas del siglo XV.

El término “moderno” fue empleado para que los nuevos postulados sociales, políticos y culturales de ese periodo  marcaran distancia con los de tiempos precedentes, por tanto, esta palabra fue considerada un apelativo elogioso. La misma palabra moderno viene de un vocablo latino que quiere decir “ahora mismo”. Ser moderno significa, por lo tanto, estar a la moda, lo que supone descartar el pasado, como hoy día hacemos con la ropa de la pasada temporada. En este viaje que aún continúa, al término “moderno” le acompañaron otros como cambio, innovación y progreso. Con estos nuevos pertrechos, el hombre del Nuevo Mundo cambió su antigua fe por el culto a la novedad constante. Con un simple vistazo al calendario podía el hombre establecer el valor de los objetos y las instituciones que le rodeaban. Lo antiguo fue considerado sinónimo de anticuado y lo moderno de lo mejor.

Desde el punto de vista ideológico el hombre fue un auténtico esperpento. Un ser conformado única y exclusivamente para la expansión. La aceleración de la velocidad y la conquista de nuevos territorios se convirtieron en una obsesión. Su mente se adoptó a un modelo de abstracciones que giran en torno al tiempo, el poder y el dinero tomados por principios cuantitativos ilimitados. El propósito vital de estos hombres, de los que somos herederos, fue incrementar el poder, la velocidad, el dinero y ganar tiempo. Todo lo que queda fuera de estos principios y no podía cuantificarse dejo de ser real. El mundo subjetivo fue enviado al mismo rincón en el que se acumulaban todo aquello considerado trasnochado por este ser dominado por el pensamiento mecanicista.  

El hombre moderno, en definitiva, era un ser acondicionado mentalmente para la conquista del mundo exterior. Su imaginación, sueños y fantasías consistían en obtener un poder ilimitado que liberaría al hombre de todo tipo de esfuerzo físico e incluso mental. Pero después de seiscientos años de denodados esfuerzos, podemos observar que tales pretensiosas aspiraciones aún residen en el mundo de las ilusiones  A pesar de sus máquinas, millones de seres humanos se muere de hambre en medio de la abundancia; a pesar de sus conocimientos científicos, la civilización ha dado evidentes muestras de barbarie como las dos guerras mundiales que asolaron el mundo durante la primera mitad del siglo XX o las que en hoy día continúan por otros puntos del orbe.

Puestos en el presente, aunque la mayoría de la ciudadanía no lo percibe, la edad de la expansión, o en términos económicos de crecimiento, está cediendo el paso a una edad del equilibrio. Muchos se resisten a reconocer que el periodo del crecimiento económico, de la expansión territorial, poblacional e industrial ha terminado. Paradójicamente, la constatación de su inevitable fin se puede observar con claridad en uno de los lugares donde la era de la expansión comenzó, en Ceuta. Nuestra ciudad ha llegado al máximo de su capacidad de crecimiento urbanístico, poblacional y económico. Los desequilibrios entre energías naturales y vitales, entre población y recursos disponibles, entre capacidad del tejido productivo y demanda de empleo, entre viviendas, equipamiento e infraestructuras son extremos. Corregir estos desequilibrios no va a ser fácil, si es que alguna vez se emprende esta ardua y compleja tarea.

            No quisiéramos terminar este artículo sin dejar un mensaje esperanzador, sin proponer un reto colectivo. Si hacemos un diagnóstico de la actual situación local, nacional y mundial en términos puramente racionales no parece quedar demasiado margen para la esperanza. Aunque nuestro futuro está necesariamente condicionado en parte por nuestro pasado y en esa medida es ya presente, no podemos predecir que sectores de nuestra herencia entrarán a desempeñar un papel activo, porque esto depende cada vez de los ideales y fines que nosotros proyectemos al futuro.

            La entrada de Ceuta en la llamada “era moderna” fue violenta e irracional, movida por interés económicos e ideológicos contrarios a la esencia del ser humano. Fue donde todo comenzó y donde primero va a terminar. Si tenemos la suficiente capacidad analítica y la necesaria confianza en la humanidad, Ceuta puede ser también el escenario donde surja la definitiva transformación del hombre. Una nueva cultura que nos conduzca desde la cultura del Nuevo Mundo y la expansión, a la del Mundo Único y el equilibrio. Una nueva civilización que gire en torno a los conceptos del hombre equilibrado, el grupo autogobernado y la comunidad universal. A pesar de la crisis y de todos los sufrimientos que padecemos, la esperanza debe permanecer. Incluso si la crisis sigue presente durante un largo periodo de tiempo, no podemos demorarnos en prepararnos para la renovación de la vida. El camino  que debemos sigue siendo “Terra Incognita”, un terreno inexplorado y cargado de dificultades; éste pondrá a prueba al máximo nuestra fe y nuestros poderes. Pero este es el camino hacia la vida, y aquellos que lo sigan triunfarán. Nos gustaría que el punto de partida de este camino fuera Ceuta. ¡Hagámoslo posible!.

viernes, 17 de mayo de 2013

"UNO PARA TODOS Y TODOS PARA UNO"

Es curioso la cosas que suceden cuando uno está reflexionando sobre un determinado tema. Ando tomando notas para un trabajo que estoy preparando sobre la lucha entre el orden mecánico y el orden orgánico. Y duchando a mi hijo pequeño me dice: ¿Papá, quien era D`Artagnac?¿Y los tres mosqueteros?. Pues son los protagonista de una novela escrita por Alexandre Dumas que tenían un lema: "uno para todos y todos para uno". Al escucharme pronunciar esta frase pensé: ¿Se puede resumir mejor la esencia del organicismo?. Una visión en la que las partes trabajan por el bien del conjunto y el conjunto a favor de las partes. En un mundo globalizado como el nuestro, donde las partes, los países, y dentro de ellos las regiones, no trabajan a favor de la totalidad, sino de sus egoistas intereses, no estaría de más recordarles el espíritu de amistad, solidaridad, apoyo mutuo y sacrificio por el bien común que encarnan los Mosqueteros.
 
 

sábado, 11 de mayo de 2013

EL HORROR ECONÓMICO

El pasado fin de semana me enteré, por la sección de obituarios de "El País", del reciente fallecimiento de la escritora y activista Viviane Forrester. Esta triste noticia me hizo recordar una de sus obras más conocidas, que leí hace años y que me provocó un hondo impacto:  “El Horror Económico”. Un libro del que se han vendido más de 300.000 ejemplares en Francia y se ha traducido a 12 idiomas, habiéndose convertido en un fenómeno de trascendencia internacional. Con una franqueza casi brutal, la autora aborda en este trabajo los principales problemas de la sociedad actual: desigualdades sociales, marginación, desempleo, etc…
En opinión de Forrester “vivimos en medio de una falacia descomunal, un mundo desaparecido que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Un mundo en el que nuestros conceptos de trabajo y por ende del desempleo carecen de contenido y en el cual millones de vidas son destruidas y sus destinos aniquilados. Se sigue manteniendo la idea de una sociedad caduca, a fin de que pase inadvertida una nueva forma de civilización en la que sólo un sector ínfimo, unos pocos, tendrá alguna función. Se dice que la extinción del trabajo es apenas coyuntural, cuando en realidad, por primera en la historia, el conjunto de los seres humanos es cada vez menos necesario…Descubrimos que hay algo peor que la explotación del hombre: la ausencia de explotación; que el conjunto de los seres humanos es considerado superfluo,  y que cada uno de los que integran ese conjunto tiembla ante la perspectiva de no seguir siendo explotable”.
            Las ideas de V.Forrester se confirman diariamente en las noticias económicas y en las manifestaciones de ciertas personas que consideramos la “élite” de nuestro país. Así el brillante cirujano Pedro Cavadas, responsable del primer transplante de cara en España, declaró en una entrevista en el diario “El País” que “no somos todos iguales: el que curra no tiene por qué ganar lo mismo que el vago, lo siento…Las subvenciones y los subsidios generan vagos”. Resulta inquietante leer estas declaraciones de alguien que vive rodeado de personas con graves problemas de salud y, por tanto, en contacto permanente con el sufrimiento humano. Quizá se haya deshumanizado y sólo vea a su alrededor objetos andantes, portadores de órganos que pueden ser transplantados de un cuerpo a otro. Desde luego, parece evidente que el Sr. Cavadas no ha tenido que sufrir la angustia de la inestabilidad, el naufragio de la identidad, el sufrimiento de perder su casa o no poder llevar un sueldo con el que alimentar a su familia. Este problema lo están sufriendo en nuestro país cerca de cuatro millones de personas, a las que se insulta gravemente cuando se les tacha de vagos y subvencionados. Desgraciadamente, este tipo de pensamiento está extendido entre las clases privilegiadas de la sociedad española, los únicos que se consideran merecedores del derecho de vivir.
            En España, como es de sobra conocido, las desigualdades sociales aparecen cada día más marcadas. En la cúspide una pequeña minoría que acapara gran parte de la riqueza del país. Un escalón por debajo están aquellos que de una manera directa o indirecta trabajan para las administraciones públicas; en medio, los trabajadores del sector del comercio, con sueldos a lo sumo mileuristas; y en la base, una amplia masa social de desempleados que no deja de crecer. Entre estos últimos, como bien apunta Ulrich Beck, abundan aquellos que realmente no buscan un trabajo, sino un dinero con el que poder subsistir. Esto nos lleva a un debate mucho más profundo sobre la condición humana y los derechos fundamentales que asisten a cualquier ser humano. Parece como si el principal derecho de cualquier persona, el de vivir, dependa de la demostración de que  “es útil para la sociedad, es decir, para aquello que la rige y la domina: la economía confundida más que nunca con los negocios, la economía de mercado. Para ella, “útil” significa casi siempre “rentable”, es decir que le dé ganancias a las ganancias.
           

sábado, 4 de mayo de 2013

¡LEVAD ANCLAS! *


La mente es realmente prodigiosa. Las ideas se van acumulando en nuestra cabeza de manera independiente hasta que llega a ella un conocimiento que consigue aglutinarlas dando lugar a un pensamiento complejo dotado de cierta coherencia. No siempre es posible, pero en algunas ocasiones podemos practicar una biopsia de una idea para determinar las causas de su formación. Cuando pienso en la génesis de la tesis que voy a desarrollar en este artículo veo con claridad todos los pasos que la han hecho posible. El fulminante que hizo estallar la idea fue la lectura de la brillante definición del concepto de pueblo que hizo el escritor estadounidense Waldo Frank en su obra “El redescubrimiento de América”. Según Frank, un pueblo es “un organismo suelto, enlazado por la tierra y el aire, por los antecesores y los descendientes”. Al leerla, no pude evitar aplicar tal definición al caso de Ceuta. Sobre el primer elemento que dota de consistencia a un pueblo, los lazos con la tierra o lo que llamamos la patria chica, no parece que plantee muchos problemas. Todos los ceutíes, -según se desprende de los resultados de la encuesta sobre el grado de querencia del territorio que figura en la tesis doctoral del sociólogo Carlos Rontomé-, mantenemos unos fuertes vínculos afectivos con nuestra ciudad. Sin embargo, tengo la impresión de que no sucede lo mismo respecto a los vínculos que nos unen con nuestros antepasados.

                Hay pueblos, como el vasco, que miran hacia detrás, hacia su pasado,  y no aprecian ningún tipo de ruptura. Cuando visitan el Museo Arqueológico de su región y observan los restos materiales de los primeros pobladores de su lugar de origen consideran que allí están los primeros vascos; cuando estudian el periodo romano y conocen la resistencia de los vascones a la Roma Imperial, allí identifican a sus antepasados; cuando les explican la época medieval y conocen la dificultad de los monarcas castellanos de integrarlos en sus reinos, allí reconocen a sus antecesores. Tal y como se narra en la crónica de Alfonso III de Asturias, fechada en el siglo XI, “Álava, Vizcaya, Alaon y Orduña siempre habían sido poseídas por sus habitantes”. Éste, desde luego, no es el caso de Ceuta. Por nuestra estratégica posición geográfica nuestra ciudad ha sido ocupada por todas las civilizaciones que han dominado el Mediterráneo (fenicios, romanos, bizantinos, musulmanes, portugueses, españoles, etc..). La historia de Ceuta no es un “continuum”, sino una línea plagada de rupturas.

                La última gran ruptura en la línea del tiempo de la historia de Ceuta ocurrió el 21 de agosto de 1415. Tras setecientos años de presencia musulmana en el solar ceutí, la ciudad fue ocupada por las tropas lusitanas. En menos de siete horas, Sebta fue tomada. Quienes se resistieron al ataque murieron, la mayoría huyó y otros, como mujeres, niños y ancianos que se quedaron en sus casas, fueron hechos cautivos y llevados a los navíos y galeras portuguesas.  Es posible que el extenso periodo de la historia medieval de Ceuta no fuera comprendido como un continuum absoluto, pero sí que había elementos tangibles que aportaban sentido de continuidad. Las mezquitas, madrasas, palacios, murallas, baños y cementerios, descritos por Al Ansari poco después de tener lugar la conquista lusitana de Ceuta, son buena prueba de que los ceutíes que hasta entonces ocupaban la ciudad percibían como propios todos los siglos de presencia musulmana en la estrecha península de Ceuta.

                La ruptura, en término histórico y poblacional, que supuso la conquista portuguesa de Ceuta fue notable. En la ciudad no quedó ninguno de los pobladores oriundos. Sus casas fueron expoliadas y sus lugares de culto expurgados. El imparable paso del tiempo fue borrando las huellas materiales del pasado musulmán: barrios enteros quedaron ocultos bajo las huertas que los portugueses instalaron en la zona de la Almina hasta que los arqueólogos los han devuelto a la luz; las murallas quedaron ocultas tras los nuevos muros erigidos por portugueses y españoles; las mezquitas transformadas en iglesias  y su madrasa Al-Yadida convertida en convento de Trinitarios; y uno de sus baños, el de la actual Plaza de la Paz, utilizado como cuarto de aperos.

                Durante mucho tiempo, no se permitió el asentamiento de musulmanes en Ceuta. Prueba de esta prohibición es que, en una fecha relativamente cercana como principios del siglo XX, de los algo más de 13.000 habitantes con los que contaba la ciudad, el número de musulmanes era de  tan sólo 250 personas. No fue hasta el fin del Protectorado Español en Marruecos cuando las autoridades permitieron de manera oficiosa la presencia de musulmanes en la ciudad. Llegamos así a principios de los años ochenta, momento en el cual, según la investigadora I.Planet, el número de los musulmanes residentes en Ceuta  era de 15.000 personas, la mayoría sin tener reconocida la nacionalidad española. Con la promulgación de la Ley de Extranjería de 1985 se plantea la delicada cuestión de la identidad jurídica de los musulmanes de Ceuta y Melilla, que se resolvió con el reconocimiento de la nacionalidad española a 5.580 musulmanes de origen marroquí asentados en Ceuta. Desde entonces la comunidad musulmana no ha dejado de crecer, hasta alcanzar un porcentaje superior al 40% de la población ceutí.

                Volviendo al tema central de este artículo,  no cabe duda de que los lazos que unen a los ceutíes con sus antecesores difieren entre las dos principales comunidades culturales de Ceuta. Aquellos ceutíes de origen occidental que miran hacia su pasado reconocen con claridad como sus antecesores a las distintas generaciones que han ocupado Ceuta desde 1415 en adelante, con las que comparten similares creencias religiosas y fundamentos culturales. No sucede lo mismo, desde mi punto de vista, con los miembros de la comunidad musulmana ceutí, cuyas raíces históricas recientes no van más allá de dos o tres generaciones. Ante la superficialidad de su arraigo, han querido identificarse con los musulmanes que fueron expulsados de Ceuta en 1415 y, desde este modo, enlazar con los siete siglos de la época islámica, además de servir de argumento para contrarrestar la imagen que algunos pueden tener de ellos como recién llegados a esta tierra.

                El planteamiento de utilizar la historia como fuente de legitimidad a las distintas culturas que, como en Ceuta, comparten un mismo espacio geográfico, la considero un grave error conceptual que no hace más que aumentar la tensión intercultural latente. Zygmunt Bauman en su obra “Mundo Consumo”, apoya la propuesta de De Singly de abandonar las  metáforas de las “raíces” y el “desarraigo”, a la hora de analizar las identidades presentes, y reemplazar por los tropos de echar y levar anclas. Según Bauman, “a diferencia de lo que sucede con el “desarraigo”, no hay nada irrevocable (y, menos aún, definitivo) en levar anclas. Mientras que las raíces arrancadas de la tierra en la que crecían acaban muy probablemente secándose y muriendo, las anclas se izan para volver a ser echadas en algún otro lugar, y permiten atracar con similar facilidad en múltiples puertos de escala distintos y distantes”. Aplicando esta metáfora del ancla podemos integrar en el discurso identitario “el entrelazamiento entre continuidad y discontinuidad en la historia de todos o  la mayor parte de las identidades contemporáneas”.

                La metáfora del ancla podemos unirla al significado que le dan los griegos al término Polis. Cornelius Castoriadis, en su obra “La ciudad y las leyes”, explica que la Polis no es una institución, ni un mecanismo y ni siquiera el territorio, sino los hombres, el cuerpos de ciudadanos. Para ilustrar esta idea, Castoriadis se refiere a la historia que cuenta Heródoto sobre los acontecimientos que se vieron en Atenas durante los prolegómenos de la batalla de Salamina. Fue entonces, cuando Temístocles, en clara oposición a los otros dirigentes griegos, declara: “nuestras mujeres y nuestros hijos han abandonado el Ática y están allí, en la isla de Salamina, y nuestras naves también; estamos listos para partir y fundar Atenas en otro lugar”. A pesar de que el territorio de la Polis era sagrado para los griegos,  tenían claro que lo que la definía en esencia no era tal o cual territorio, sino la colectividad política, el cuerpo de ciudadanos.

                Nuestro “barco”, Ceuta, lleva muchos siglos navegando. Es una vieja nave sacudida por los continuos vientos de levante y poniente. Su timón lo han ocupado representantes de las más representativas civilizaciones del pasado, algunas de las cuales aún perduran en nuestro tiempo. Durante todos estos siglos de singladura sus distintas tripulaciones la han amado con pasión hasta la última astilla del maderamen. Entre sus tripulantes hay algunos que han heredado el puesto de sus antepasados, cuyo recuerdo se pierde en la noche de los tiempos, y otros que se han enrolado en los últimos decenios. Pero una vez que todos deciden levar anclas, el barco se pone a navegar sin que nadie tenga en cuenta la procedencia de unos u otros, tan sólo se preocupan de sortear los peligrosos arrecifes y enfrentar con valentía las tormentas que con cierta frecuencia les azota. Nadie conoce a ciencia cierto el destino de la nave, -quizás esa misteriosa cultura del Mundo Único que se deja ver cuando se disipa la densa niebla que dura ya varios años-, pero todos se afanan en que el barco no se hunda y, muchos menos, que se pueda producir una rebelión a bordo que enfrente a los miembros de la tripulación por el control de la nave.
* Artículo publicado bajo el pseudónimo Septem Nostra, en "El Faro de Ceuta" (04/05/2013).

jueves, 25 de abril de 2013

APRENDEMOS VIVIENDO

Vivendo discimus era el lema de Patrick Geddes (1854-1932): "aprendemos viviendo". O como dijo en posteriores ocasiones "sólo pensando las cosas a medida que se las vive, y viviendo las cosas a medida que se las piensa, puede decirse de un hombre y de una sociedad que piensan o viven de verdad". Siguiendo esta idea, en su obra más conocida titulada "Ciudades en evolución", insta a todos los ciudadanos a participar en la vida y actividades de la comunidad si queremos que nuestra apreciación sea activa, dejando de este modo algo de lo mejor que hay en nosotros en la ciudad; más rica y no más pobre debido a nuestra presencia. Por eso insistió en la necesidad de fomentar la observación y extenderla, de conocer nuestras regiones y ciudades en detalle, y de hacernos más competentes prácticamente para participar en el despertar y el desarrollo de nuestra ciudad natal, en vez de limitarnos a delegar en otros nuestras responsabilidades mediante la maquinaria electoral política o municipal.
Patrick Geddes (1886).jpg
Patrick Geddes

            El optimista lema de Patrick Geddes, "videndo discimus", fue puesto en práctica por él mismo y su esposa con sacrificios. A los distritos de casas de vecindad apiladas en Edimburgo llevaron jardines; a las calles llenas de plagas de las ciudades indias llevó limpieza; a los estudiantes los envió a la ciudad y al campo a ver con sus propios ojos las realidades de la naturaleza. Podría decirse que era una persona comprometida por lo que se dedicó a la ciudadanía, aún a costa de retardar su propia carrera como hombre de ciencia. Geddes estaba demasiado preocupado por lo que sucedía fuera de su laboratorio y de su estudio para contentarse con un éxito personal hecho posible por la indiferencia cívica. Este mismo compromiso reclamó a los especialistas de otras disciplinas científicas animándoles a elevarse hacia opiniones, objetivos y planes comunes, como ciudadanos que conservaran y estimularan la vida en su propia comunidad y su propia región, cooperando con otros ciudadanos en todo el mundo.

            El sociólogo Zygmunt Bauman en su obra "Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores", analiza las distintas modalidades de miedos a los que se enfrenta nuestra sociedad actual planteando una conclusión no definitiva para quienes se pregunten qué se puede hacer contra el miedo. Curiosamente, y sin citarlo, llega a la misma conclusión que casi un siglo antes había llegado Geddes: la necesidad de un mayor grado de compromiso de la clase intelectual. A pesar de las dudas sobre si el concepto de intelectuales específicos o especializados no es más que un oxímoron, ahora más que nunca es necesario ejercer el pensamiento crítico que, según Adorno,  "no consiste en la conservación del pasado, sino en la redención de las esperanzas del pasado". Así, tal y como también señaló Jean-Pierre Dupuy resulta indispensable profetizar los problemas de nuestra sociedad tan encendida y clamorosamente como podamos, siendo ésta la única opción que nos queda de hacer evitable lo inevitable y, quizás, incluso, de convertirlo en algo imposible de producirse.


Zygmunt Bauman



            Desgraciadamente, salvo contadas y honrosas excepciones, la clase intelectual española anda más preocupada en su promoción laboral y económica, acomodada en un absoluto conformismo que es fomentado, agradecido y recompensado por la clase política . La cobardía de algunos de ellos les lleva  incluso a criticar a quienes sí que tienen la suficiente valentía para denunciar públicamente las incoherencias del poder y su vacíos discursos políticos. Como Lewis Mumford indicó en su libro "la condición del hombre", sólo quienes están ya muertos y vencidos necesitan aceptar la derrota y la muerte como su destino definitivo.

Mumford by LGdL.JPG
Lewis Mumford

            Los denominados nuevos profetas, en palabras de Bauman, no desean que se les reconozca su poder de predicción ante los retos de la humanidad (agotamiento de los recursos naturales, cambio climático, pérdida biodiversidad, conflictividad social, etc...), más bien desean que el futuro les quite la razón, cuyo único medio de conseguirlo consiste en proclamar lo que la inmensa mayoría de la sociedad no quiere escuchar al enfrentarlo a un realidad insoslayable que pretenden ignorar para seguir viviendo en su ficticio mundo ideal. El mismo Mumford, considerado por algunos como un profeta del catastrofismo, lejos de sentirse afectado por este imagen, comentó en cierta ocasión que "me moriría feliz si supiera que en mi lápida se podría escribir estas palabras: este hombre era un tonto absoluto. Nada de lo desastroso que de mala gana predijo llegó jamás a pasar".

martes, 23 de abril de 2013

LA RESURRECCIÓN DE UNA NUEVA HUMANIDAD

En este breve artículo deseo reflexionar sobre la idea de la resurrección, entendida como el proceso de restablecer, renovar, dar nuevo ser a algo. Una idea que está de plena actualidad, aunque a algunos pueda extrañarle tal afirmación. Lo entenderán claramente si miran a su alrededor y observan el profundo estado de crisis en el que vivimos. No es sólo una crisis económica, los problemas son mucho más profundos y complejos, basados en una persistente pérdida de valores. En el libro que antecede a “Las transformaciones del hombre”, titulado “La condición del hombre”, Lewis Mumford hace un acertado retrato de la sociedad actual: “…el esquema capitalista de los valores transformó de hecho en virtudes sociales positivas cinco de los siete pecados capitales condenados por la doctrina cristiana –el orgullo, la envidia, la gula, la avaricia y la lujuria-, haciendo de ellos los incentivos indispensables para toda empresa económica”. Karl Polanyi no se queda atrás en su crítica a un sistema económico que sólo atiende a los beneficios sin importarle “los peligros involucrados en la explotación del vigor físico del trabajador, la destrucción de la vida familiar, la devastación de las vecindades, la deforestación de los bosques, la contaminación de los ríos, el deterioro de la calidad de las artesanías, la destrucción de las costumbres, y la degradación general de la existencia, incluida la vivienda y las artes”.

Lewis Mumford, en el mencionado libro “Las transformaciones del hombre” reclamaba la necesidad de un cambio de rumbo, de una transformación del hombre, en definitiva, la resurrección de una nueva humanidad. En esta ansiada transformación uno de los aspectos fundamentales es la necesidad de trascendencia y desarrollo espiritual. Claro, que previamente se requiere una profunda modificación en las llamadas religiones mundiales. Como propone Mumford, estas religiones deberían renunciar a “sus pretensiones ingenuas de revelación especial o hegemonía espiritual exclusiva, a su exigencia de poder temporal basado en tales suposiciones. Más bien deberían suavizar aquellos rasgos que las identifican con una cultura particular o una sociedad política”. Resulta inútil proseguir con la pretensión ciertas religiones de querer abrazar el cuerpo integro de la humanidad.
 
El papel de las religiones en el nuevo mundo, al que anhelamos quienes deseamos un mejor futuro para la humanidad, tiene que dirigirse a satisfacer la necesidad innata de autotrascendencia. Tal y como expuso S. Freud, la personalidad humana puede dividirse en tres partes: el ser biológico, el ser social y el ser ideal. Este último es el más frágil y el más susceptible de degradación. No obstante, este ser ideal pretende alcanzar una posición predominante, al representar la vía del crecimiento y el desarrollo permanente. Tal y como afirma L.Mumford, se nace con el primer ser, el substrato biológico; se nace al segundo ser, el ser social, que modifica y atempera los instintos animales desde las pautas o normas que establece la sociedad. Sin embargo, para llegar al tercero, el ser ideal, hay que renacer o resucitar, añadiría yo. Coincido plenamente con Mumford en que la creencia en la posibilidad de ese renacimiento es la principal aportación al género humano de las religiones monoteístas. Por el contrario, su fallo ha estribado en la ruptura que ha provocado con los elementos más bajos del ser humano.
 
La esperanza en la resurrección, en la que la muerte no es el fin, ha llevado a cierta despreocupación por los asuntos terrenales. Un verdadero desarrollo humano, la transformación que necesita nuestro mundo, precisa de la armonización de las distintas partes que conforman la personalidad humana, a la que hicimos referencia anteriormente. Para que la vida interior subsista más allá de sus primeros momentos de iluminación intensa, necesita de una vida exterior, construida, según sus percepciones que la afiance y la sostenga. Por consiguiente, ahora más que nunca hay exigir una mayor coherencia entre la proclamación de nuestras creencias y nuestros actos mundanos. La indiferencia que hacen galas muchas religiones frente a las actuales instituciones sociales lleva a fuertes contradicciones entre la reclamación de hermandad, el amor y la paz; y las continuas guerras y el egoísmo que fomenta el capitalismo. Esto nos lleva a declarar que el “hombre moral” que defiende las grandes religiones, entre ellas el cristianismo, no puede permitir “una sociedad inmoral”. Todos tenemos la obligación de denunciar las continuas disparidades entre las declaraciones y la práctica que practican de manera constante quienes ostentan cualquier forma de poder, éstas constituyen una ofensa para todos los hombres decentes.
 
A diferencia de lo que durante mucho tiempo se ha proclamado, el “Reino de Dios” sí es de este mundo. Por ello es necesario ayudar a quienes más lo necesitan. Ayudando a los demás se ayudan a sí mismos, alcanzando la coherencia entre sus creencias y sus actos, mediante el único sentimiento capaz de cambiar el mundo: el amor. Sin el cual, como concluye L.Mumford, será difícil que podamos esperar rescatar la tierra y todas las criaturas que la habitan de las insensatas fuerzas del odio, la violencia y la destrucción que actualmente las amenaza.

domingo, 21 de abril de 2013

MI ÚNICO LEGADO: EL AMOR

Muchas personas se afanan en acumular bienes materiales que legar a sus descendientes. Buscamos ansiosamente las riquezas, la popularidad, la reputación pública, todo aquello que tiene que ver con el éxito.  Una búsqueda insaciable que hacemos a costa del tiempo que nos reclaman las personas a las que decimos amar (padres, esposo/a, hijos, amigos, etc..). Nuestro ego crece y nuestro corazón se encoge. el filósofo Paul K.Feyerabend, en su lecho de muerte, tomó conciencia de lo absurdo de esta pretensión y escribió: “estos podrían ser mis últimos días. Los cuento uno por uno. La parálisis que ha surgido recientemente está causada por un derrame hemático en el cerebro. Quisiera que después de mi alejamiento quede algo de mí –ni ensayos, ni declaraciones filosóficas definitivas-; amor. Espero que sea esto lo que permanezca y que no pese mucho sobre éste el modo en que me vaya; que desearía fuese de una forma leve, como en un coma profundo, sin una lucha con la muerte que dejara detrás de sí un mal recuerdo. Cualquier cosa que suceda, mi pequeña familia, podrá vivir para siempre, Grazina, yo y nuestro amor. Esto es lo que más deseo, que no me sobreviviera absolutamente nada de mi estado intelectual sino sólo el amor”. (P.K. Feyerabend. Matando el tiempo. Una autobiografía. 1995).

  Las palabras de Feyerabend es una admonición para el recordar el amor verdadero, que está mucho más allá de todas las mascaras de pseudoamor. En estos momentos en que el Nihilismo para envolverlo todo, es bueno recordar el mensaje de Feyerabend: el verdadero amor nunca muere.

File:Paul Feyerabend Berkeley.jpg
Paul K. Feyerabend.