lunes, 19 de agosto de 2013

EL PAPEL DEL INTELECTUAL ANTE EL CONFLICTO EGIPCIO



No siento ninguna simpatía por los islamistas, como tampoco la tengo por ningún otro fanatismo ideológico o religioso. No obstante, no puedo dejar de sentir una profunda conmoción cuando observo lo que está sucediendo en Egipto. La masacre que se vivió hace unos días en el Cairo no tiene justificación alguna. El excesivo uso de la fuerza por el ejército egipcio es evidente, por mucho que quieran convencernos de que fue proporcional a la resistencia que  encontraron. Tras estos dramáticos hechos se ha desatado un torbellino de sangre que va a ser difícil parar. Los islamistas, quemando iglesias y cometiendo actos terroristas; y el ejército, apoyado por milicias  civiles, reprimiendo a los primeros. Los actores secundarios toman posiciones. Partidarios y detractores de ambos bandos muestran pruebas de la violencia de los adversarios. Ha pasado siempre que ha estallado un conflicto civil: la propaganda se extiende a gran velocidad, hoy día de manera imparable gracias a las nuevas tecnologías y las redes sociales. Y quienes desean obtener una opinión fundamentada del conflicto tienen serias dificultades para hacerlo.

                Yo, personalmente, no me resigno a unirme de manera incondicional a ninguno de los campos extremos. Prefiero permanecer en este tercer campo, en el que, según comentaba Albert Camus, “todavía podía conservarse la cabeza serena, dudando además de mis certezas y mis conocimientos, y persuadido por fin de que la verdadera causa de nuestras locuras reside en las costumbres, y el funcionamiento de nuestra sociedad intelectual y política…Esto no quiere decir que los principios no tengan sentido. La lucha por las ideas es posible, aun con las armas en la mano, y es justo que sepamos reconocer las razones del adversario, aun antes de defendernos contra él”. Y es que los islamistas, en esta ocasión, tienen razones para oponerse a este golpe de Estado. Nos guste más a menos, y a mí no me gusta nada, los islamistas, aún con poco margen ganaron las primeras elecciones libres que se han convocado en Egipto en los últimos decenios. Si ganaron fue porque cuentan con un importante respaldo popular, cuyas razones para apoyarlos nadie se ha parado a examinar y estudiar con detenimiento.

                La otra parte, el sector laico, tiene también poderosas razones para recelar de los islamistas y de su plan político totalitario de corte religioso. La democracia no es sólo votar. Europa fue testigo de la llegada al poder de regímenes fascistas a través de las urnas. Lo importante no es el medio, sino el fin. Y el fin tiene que ser la defensa de principios básicos como la libertad, la igualdad y el juicio independiente sin la imposición de dogmas y leyes coercitivas. Estos principios son los que deben constar en una Constitución para evitar que quienes accedan al poder puedan emplearlo para imponer a toda la sociedad su ideología totalitaria. El poder humano, tal y como decía Mumford, “puede ser empleado con seguridad solo cuando está abierto a la disensión, a la discusión, al desafío, a la oposición racional,….Sin frenos interiores y exteriores, aquellos que ejercen el poder pierden sus principios o, más bien, se aferran a uno solo: conservar todo el poder que tienen y adquirir más”. En resumidas cuentas, fines y medios se limitan y modifican. Si los fines irrealizables son vacíos y fútiles, los medios incondicionales, cuya naturaleza misma los separa de los legítimos objetivos humanos, no son menos vacíos.

                En estos momentos de eclosión de la violencia, el papel de los pensadores, como reclamaba Albert Camus, “no puede consistir en excusar de lejos una violencia y condenar la otra, lo cual tiene el doble efecto de indignar hasta el furor al violento a quien se condena, y de alentar al violento a quien se excusa a practicar más violencia. Si los intelectuales no se unen a los combatientes, su papel (¡más oscuro, sin duda alguna!) ha de ser tan sólo el de trabajar en procura del apaciguamiento para que la razón torne a tener una posibilidad...El papel del intelectual consiste, pues, en esclarecer las definiciones, para desintoxicar a los espíritus y apaciguar los fanatismos, aún en contra de la corriente”. Un posicionamiento de este tipo es difícil de mantener en una sociedad política en la que la voluntad de clarividencia e independencia intelectual se hace cada vez más rara. Pero todos debemos tomar concienciar de nuestra responsabilidad, de lo que hace y de lo que dice, y también de lo que justifica y de lo que calla.
 
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sábado, 17 de agosto de 2013

UNA LITERATURA PARA EL HOMBRE DEL MUNDO NUEVO


He querido esperar a tener el periódico entre mis manos para poder leer con la atención que merece tan extraordinario y excelente artículo. Desde que anunciaste que iban a publicar en Babelia el contenido de tu conferencia sobre "la vocación literaria" aguardaba ansioso el día de su publicación. Intuía, y no me he equivocado, que el escrito sería de elevada calidad y de honda profundidad intelectual. La metáfora del puzzle, para explicar la conformación mental de un concepto complejo, me resulta muy sugerente. A mí también me surgió una idea similar en cierta ocasión, como ya tuvimos la oportunidad de comentar. En determinados momentos, tenemos la intuición de acercarnos a la totalidad y sentimos una gratificante sensación de plenitud. Puede que dure un segundo, pero estos breves fragmentos de lucidez y clarividencia pueden justificar toda una vida. Precisamente, en estos días he estado leyendo una obra casi olvidada, “Tendencias básicas de nuestro tiempo” del sociólogo Pitirim Sorokin que toca este asunto. Este libro incluye un interesante epígrafe titulado “Papel de lo supraconsciente en las creaciones y descubrimientos”. A él me voy  a referir a continuación.
Pitirim A. Sorokin
 

Para dilucidar, distinguir y definir el concepto de conocimiento supraconsciente, que suele confundirse con el insconciente o el subconsciente, Sorokin delinea algunos criterios básicos sobre esta modalidad de conocimiento. Estos son:

1)      Lo supraconsciente parece ser la zona en la que se originan los más grandes logros y descubrimientos, en todos los terrenos de la actividad creadora: ciencia, religión, filosofía, tecnología, ética, derecho, bellas artes, economía y política. Sin su genial participación o/a través de la mera actividad consciente o inconsciente, solo se obtienen magros resultados.

2)       Lo supraconsciente crea y descubre por  medio de la intuición supraconsciente. Esta difiere de todo tipo de intuición sensoria (percepción, observación), como así también de toda clase de razonamiento lógico, matemático y silogístico. Las diferencias entre ambos son los siguientes:

a.       A diferencia de los sentidos y la razón, la inspiración o conocimiento intuitivos surgen como un relámpago que nada tiene que ver con la paciente observación sensorial o el análisis lógico y matemático.

b.      El momento y las circunstancias en que se produce tal destello, difícilmente puede ser previsto, pronosticado o voluntariamente prefijado.

c.       El alumbramiento ocurre, a menudo, en el instante más inesperado y bajo las más imprevisibles condiciones. Esto rige tanto para las naciones y otros grupos organizados, como para los individuos. La corriente creadora, en todos los terrenos, fluye y refluye, se eleva y desciende, se desplaza a otro grupo de manera errática e inesperada.

d.      El destello intuitivo alumbra el meollo o la esencial naturaleza del fenómeno, el nóumeno o sentido del nuevo valor creador.

e.       La intuición supraconsciente yace en un plano mucho más hondo que todo conocimiento sensorial o lógico, más allá de toda experiencia.

f.       Lo supraconsciente ignora el ego, lo trasciende total e incondicionalmente. Un individuo dominado por lo supraconsciente, es mero instrumento de éste, carece de ego y se eleva muy encima de las limitaciones del ego.

g.      La supraconsciencia, con su intuición creadora y demás características propias, fue advertida hace ya mucho tiempo y denominada de muy distintas maneras: El yo (versus ego), atman, purusha, la Iluminación, la Sublime Estupidez, La razón Eterna, el no-conocimiento, la divina locura, el nous, la gracia de Dios, la revelación divina o mística, el neuma, la docta ignorantia, la luz interior, así la han denominado muchos pensadores y grupos. También se la ha llamado: genio, inspiración, élan creador, la soberana inteligencia que en un abrir y cerrar de ojos capta la verdad de las cosas, al contrario del vano entendimiento, inspiración celestial y supramental sabiduría que rebasa todo conocimiento y de otras muchas maneras.

A continuación, Sokorin alude a multitud de ejemplos de este tipo de conocimiento supraconsciente en el campo de las matemáticas, las ciencias, la filosofía, el arte, la religión. Reproduzco dos ejemplos, uno el del matemático Gauss; y otro del filósofo Nietzsche:
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Carl Fiedrich Gauss
 

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Nietzsche
El éxito no lo debí a mis penosos esfuerzos, sino a la gracia de Dios. Como en un súbito destello el enigma quedó resuelto.  Por mi parte, no puede indicar cuál fue el hilo conductor que eslabonó mis previos conocimientos con la idea que hizo posible mi éxito”, Gauss
 

“…Uno se convierte en el médium de superpoderosas influencias. Entonces ocurre algo que solo podemos llamar revelación, esto es, súbitamente, con inefable y dulce certidumbre, algo en nosotros se torna visible y audible y nos sacude y desgarra hasta lo más profundo de nuestro ser. Y oímos, sin buscar nada y tomamos sin preguntar quién es el dador. Como un relámpago, la idea surge, por necesidad, completa…Es una embriaguez…nos hallamos fuera de nosotros mismos…Todo ocurre de manera enteramente involuntaria, como en una tormenta de sensaciones, libertad, poder, divinidad”, Nietzsche.

            Sorokin concluye que el papel del conocimiento supraconsciente “parece ser el de iniciador y supremo guía, en lo que se refiere a los más notables descubrimientos, invenciones y obras maestras. En tal sentido, coopera con las vías sensorial y racional de conocimiento, cuyas funciones básicas parecen consistir en desarrollar y poner a prueba a la idea súbita o esquemática originada en la intuición supraconsciente. De ello se sigue que todo gran descubrimiento o logro es siempre el resultado de la conjunta acción de las tres vías de conocimiento y creación: la supraconsciente, la racional y la sensorial. Esto nos previene contra la aceptación indiscriminada de intuiciones, muchas veces falsamente supraconscientes. En realidad, la gracia de esta intuición, en su forma más plena y pura, solo de tarde en tarde visita a unos pocos predestinados o ungidos”.

“…En las creaciones magistrales, la verdad obtenida mediante las tres vías de conocimiento es más plena y vasta que la que se logra por un solo camino, sea éste el de la percepción sensorial, el del razonamiento lógico-matemático o el de la mera intuición. La historia del saber humano es un cementerio atiborrado de erróneas observaciones empíricas, falsos razonamientos y pseudointuiciones”. Sokorin denomina “conocimiento integral” a su modelo de pensamiento.

No menos interesante para abordar este interesante asunto de la inspiración artística o literaria es la obra de Waldo Frank “El redescubrimiento del hombre”. La segunda parte de este libro lo dedica W.Frank  a la “relación como conocimiento”, apartado que comienza con la descripción de una revelación personal que le cambió su vida. Para Frank, “el término revelación está reservado, por el hábito de nuestra cultura pasada, para el testimonio de los hombres que se han sentido visitados por algún acto especial: la voz del Señor sobre el profeta, la visión de la noche oscura del alma del artista o del santo”.  Según Frank es necesario que la revelación, como relación directa con el cosmos,  sea por lo menos no hostil a las “leyes científicas de la naturaleza”. En cierto sentido, Frank aboga porque esta relación con el cosmos debe entenderse como un conocimiento de lo real y como un valor que, por ser real, es primordial e invade las relaciones funcionales normales del hombre. Por tanto, si la revelación –el inmediato conocimiento por el hombre de su relación con el cosmos- está dentro de la experiencia común (en esto se distancia de Sorokin que lo limita a ciertos seres excepcionales) y de la común emoción, debemos ser perspicaces para encontrarla.
Waldo Frank
 

            En opinión de Waldo Frank, el conocimiento revelado tuvo dos profetas americanos, el brasileño Euclides da Cunha y el norteaméricano Walt Whitman. De este último estoy leyendo en este preciso momento su ensayo “Perspectivas democráticas” (1871). Esta obra poco conocida  de Whitman constituye todo un alegato a favor de una literatura democrática, integral y con sentido de la totalidad. Whitman se imagina a las grandes figuras del pensamiento como orbes y sistema de orbes moviéndose libremente por los espacios de ese otro cielo, el intelecto cósmico, el mar. En un momento de excitación proclama: “”Exijo razas de bardos orbitales, con dominio incondicional e intransigente”. Y se pregunta: “¿dónde está el hombre de letras? ¿dónde está el libro cuyo objeto sea más noble que el de limitarse a seguir por la senda trillada, repetir lo que ya se ha dicho, y, como máximo triunfo venderse bien y ser erudito o elegante?”.
Walt Whitman
 
            Me gustaría, para finalizar, tratar un asunto que considero importante: ¿Se dan las condiciones necesarias para que nos visiten las Musas? Sobre este cuestión, relacionada con la recuperación de la autonomía interior, Lewis Mumford comentaba, en “La conducta de la vida”, que una  vez tuvo “la suerte de celebrar un seminario para un grupo de educadores: hombres y mujeres bien entrenados en el uso de sus herramientas, la mayoría de ellos doctores de la filosofía, personas que ya han alcanzado la eminencia en su profesión o estaban en camino a ella. Les pregunté cuántos dedicaban tanto como media hora al día en completa soledad, sin ninguna interrupción exterior. La mayoría de ellos confesaron que ni siquiera había considerado la necesidad de ese período: si por rara casualidad caían en una hora vacía, se sentían obligado a "hacer algo" con ella; tan ocupadas las personas que estaban en el ir desde el momento en que se levantaban hasta cuando iban de nuevo a la cama. ¿Autodirigido pensamiento? No. ¿Ensimismamiento? No. ¿Sueños y fantasías? ¡Una y mil veces no! Entonces les pregunté qué parte del día dedicaban a las artes más subjetivas: lectura de poesía, componer música, pintar o activamente mirar un cuadro, o en la oración. Sólo uno de los participantes –por acuerdo general la mente más brillante del grupo-confesó no cualquier cosa, sino la actividad más superficial y pasiva de estas; tímidamente, él admitió que rezaba”.

 
Lewis Mumford

 


            Nos ha tocado vivir en una época en la que nuestra mente se encuentra continuamente anestesiada por multitud de dispositivos electrónicos que nos impiden un breve tiempo de reflexión sin interrupciones. Para la práctica del retiro provechoso y constructivo, tendremos que crear, en opinión de Mumford, una estructura social especial para ella, una nueva forma de claustro, el Gran Buen Lugar en honor de la fábula en la que Henry James no sólo diagnostica las formidables presiones de nuestro tiempo, sino que también indicó en una forma imaginativa el tipo de entorno y rutina necesaria para superarlas. Mumford imaginaba un futuro en el que “ninguna casa será diseñada que no tenga su apartado o su celda, para complementar el único equivalente de hoy día, el cuarto de baño; ninguna ciudad estará bien diseñado que no establezca apartados lugares de retiro: solitarios paseos, aislados escondites de los bosques, torres infrecuentadas difíciles de escalar, caminos tortuosos, como la antigua Rambla en el Central Park, no menos de estos que de lugares públicos donde las personas pueden ir en grupos para la comunión social o la recreación común. La tendencia general de nuestras mentes, durante el último siglo de la expansión urbana mecanizada, se opone tanto a esa necesidad del retiro que el ideal de casi todos los urbanistas, hasta ahora, ha sido hacer todos los lugares igualmente accesibles, abiertos, públicos”.

 

            Espero que estos apresurados apuntes contribuyan al debate sobre la necesidad de la introspección, del silencio, del retiro voluntario, del pensamiento, de las oportunidades que debemos darle a nuestra voz interior para que nos hable y cuyo mensaje podamos plasmar en una nueva literatura a la altura del Mundo Nuevo que muchos soñamos. Un mundo iluminado por los bardos orbitales a las que aludía Whitman, uno de los cuales, Javier Gomá Lanzón, lleva emitiendo desde hace tiempo una poderosa luz que nos anima el espíritu y nos hace abrigar esperanza en una nueva literaria dirigida  a la mujer y al hombre equilibrado y pleno.
 
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jueves, 8 de agosto de 2013

EL NUEVO ORDEN INTEGRAL DE PITIRIM A. SOROKIN: UNA APORTACIÓN FUNDAMENTAL PARA LA REVOLUCIÓN INTEGRAL


Un delicioso fruto de la lecturas que llevo este verano es el hallazgo de un autor extraordinario, Pitirim A. Sorokin. No ha sido el único descubrimiento, pero sí el más impactante hasta el momento. Bueno, como ya he comentado en anteriores ocasiones, no sé si soy yo el que descubro los libros o son ellos los que me eligen a mí para que los ayude a rescatarlos de un injusto olvido. Sea de una u otra manera, lo cierto es que me he quedado fascinado por el vivo genio que Sorokin demuestra en su obra “Tendencias básicas de nuestro tiempo”. Un  tiempo pasado, ya que del libro fue escrito a finales de los años 60, pero cuyas tesis siguen de plena actualidad. Según Sorokin, las tres más importantes tendencias de su/nuestra época son, en primer lugar, el desplazamiento de la hegemonía creadora de Europa y el oeste europeo, que fueron su centro durante las últimas cinco centurias, a un área más amplia que abarca el Pacífico y el Atlántico, sobre todo las Américas, Asia y África. En segundo término, la continua desintegración del tiempo de hombre, cultura, sociedad y escala de valores sensoriales hasta ahora vigentes. Y por último, la aparición y lento desarrollo de los rasgos primigenios de un nuevo orden –integral- y un nuevo tipo de hombre con otra tabla de valores.

                Comparto completamente su visión del ser humano. En opinión de Sorokin, el hombre/la mujer, “además de un organismo animal, es el hombre un pensador racional y un hacedor y, por añadidura, un activo e importante colaborador de las supremas fuerzas creadoras del cosmos. Criatura consciente e inconsciente es, también, en grado sumo, un supraconsciente maestro-creador que sabe controlar y trascender sus energías conscientes e inconscientes, en los momentos en que obra según su divina inspiración y en los períodos de más alta e intensa actividad. Los mayores logros y descubrimientos los ha obtenido el hombre por su condición de maestro-operador supraconsciente, asistido por sus cualidades de pensador racional y de observador empírico y experimentador”.  Desde este visión del ser humano, Sorokin se posiciona a favor de las teorías que demuestran “que la ayuda mutua, la cooperación y el amor desinteresado han sido elementos no menos capitales en la evolución biológica, que la lucha por la existencia,  y que la mutua ayuda y la cooperación amistosa han desempeñado un papel incomparable más importante el progreso humano, que la hostil rivalidad y la coerción violenta. También han probado que en su estrato más íntimo y creador el hombre es impelido por la simpatía, la benevolencia y el amor desinteresado, tanto como por su egotismo o su impulsos sádicos y que la fuerza del amor es indispensable para la generación, continuidad y desarrollo de los seres vivos, la supervivencia y salud física de los niños y su transformación en ciudadanos mental y moralmente aptos. Recientes estudios han revelado, por otra parte, que los altruistas viven más que los egoístas, que el amor es un poderoso antídoto contra el crimen, las enfermedades, la tendencia al suicidio, el odio, el temor y la psiconeurosis, que, a la vez de cumplir importantes funciones en el plano estético y cognoscitivo, es la más elevada y efectiva, entre todas las fuerzas que iluminan y ennoblecen al hombre, la esencia de la verdadera libertad  y una fuerza capaz de evitar los conflictos entre grupos e individuos y dar un curso amistoso a las relaciones hostiles”.

                Con la misma contundencia que Sorokin reivindica el amor, no escatima duras críticas contra las fuerzas que se oponen a la nueva cultural integral que defiende. En el campo de la política su denuncia, escrita en 1969, podría figurar en cualquier crónica actual sin que se apreciara su antigüedad. Respecto al principio del sufragio universal, como sistema de elección de autoridades en la sociedad contractual, declara que “funcionó correctamente produjo  gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Su actual forma vacía sólo da lugar a gobiernos de políticos, por políticos y para políticos. No es extraño, entonces, que, en vez de constituir un gran privilegio, el voto se haya tornado en una molesta carga o pérdida de tiempo, para la mayor parte de los ciudadanos. Estos optan por no molestarse en votar, aun en las elecciones más importantes”.  Todo ello debido a que “un régimen compulsivo, generalmente integrado por dictadores autoelegidos y camarillas oligárquicas, han reemplazado al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. 

Tampoco salen muy bien parados otros agentes sociales, como los sindicatos, en la crónica de Sorokin. “Los sindicatos libres y contractuales se han convertido, paulatinamente, ya en compulsivas organizaciones gubernamentales, ora en semicoercitivas maquinarias políticas y pandillas intimidatorias, autocráticamente manipuladas por políticos corrompidos, o racketeers que se imponen por el fraude, la amenaza y la violencia, sobre la masa de trabajadores”.

                Sorokin confiaba en la reunificación de la verdad, el bien y la belleza en el nuevo orden integral. Desde su punto de vista, estamos ante una “naciente orden sociocultural que promete desembocar en la unificación de la religión, la filosofía, las ciencias, la ética y las bellas artes en un sistema integral basado en los supremos valores de la Verdad, el Bien y la Belleza. Tal unificación implica el fin de la rivalidad y el divorcio de la ciencia, la religión, las  bellas artes y la ética…divorcio y conflicto típicos del estado de saturación del orden sensorial…La lucha entre las fuerzas otrora creativas, pero ya considerablemente agotadas del orden sensorial y las nacientes potencias creadoras del nuevo orden integral, se desarrolla implacablemente en todas las áreas de la vida social y cultural, como así también dentro de cada uno de nosotros”. El libro termina con una invitación a la “transformación altruista del hombre y su universo”, justo las palabras que conforman el título de otra obra indispensable para la revolución integral: “Las transformaciones del hombre” de Lewis Mumford.

Pitirim A. Sorokin (1934)

domingo, 28 de julio de 2013

EL LARGO Y COMPLEJO PROCESO DE LA REVOLUCIÓN INTEGRAL


Muchos intelectuales y pensadores han dedicado su vida y obra a la noble tarea de intentar transformar la realidad social, económica y cultural de su época. Al hacer balance del impacto de su trabajo no pocos han caído en una profunda depresión ante la nula o escasa influencia de su labor intelectual. Quizá no tuvieron en cuenta lo dicho por Lewis Mumford: que las ideas no toman posesión de una sociedad por mera diseminación literaria. Según Mumford, “éste es el error del racionalismo del siglo XVIII o el engaño de la publicidad moderna. Para ser socialmente operantes, las ideas deben ser incorporadas por instituciones y leyes, puestas en acción por la disciplina diaria de la vida individual, corporizadas finalmente en edificios y obras de arte que crean un escenario efectivo para el nuevo drama, y transportan su tema del mundo de los sueños, donde fueron creadas, al mundo de la realidad, donde son probadas, desafiadas, modificadas”.
 
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Lewis Mumford

                En su obra “La condición del hombre”, y de manera más resumida en “Las transformaciones del hombre”, Mumford describe un cuadro general del proceso por el cual una idea cobra fuerza suficiente para transformar a la persona y a la comunidad. “El proceso puede dividirse, a grandes rasgos en cuatro etapas, habitualmente sucesivas, aunque algunos aspectos de las últimas etapas tal vez se presenten ya al comienzo”.

“…La primera etapa es la de la Expresión. Entonces cobra la nueva idea, en diversos espíritus, como una nueva mutación: una imagen de nuevas posibilidades, intuitivamente aprehendida, a veces racionalmente formalizada, pero por naturaleza frágil y perecedera, puesto que todavía carece de órganos. La etapa siguiente es la de la Encarnación: la idea se transforma en un ser humano vivo y en los actos y hechos y propósitos de su vida. Y si sólo unos pocos comprenden las ideas de la idea pura, muchos son los capaces de comprender el ejemplo vivo, y en el acto mismo de la encarnación se explora y se completa la naturaleza de la idea”.

“…Una vez que ha tenido lugar la encarnación, el paso siguiente es el de la Incorporación dentro de la comunidad: la incidencia detallada del precepto y la creencia en los hábitos de la vida diaria, el vestido, la higiene y la medicina; el ceremonial, los modales y las leyes. Viene por último la Asimilación: la organización estructural de la idea original en obras de arte técnicas, edificios, monumentos, formas del paisaje y ciudades, proceso que, una vez colocados los cimientos, puede desenvolverse tan rápidamente como el crecimiento de la arquitectura de piedra de las pirámides”.

                Mumford destaca que por el proceso de “mimesis” un nuevo molde de personalidad y un nuevo plan de vida toman posesión de muchas vidas individuales y les dan una tarea común y una finalidad única. Por tanto, la encarnación y mimesis son esenciales en el proceso social, tal y como ha estudiado y defendido con acierto el pensador Javier Gomá en su obra "Ejemplaridad Pública".
 
Javier Gomá Lanzón
 

                Tal y como explica Mumford en “La condición del hombre”, “sólo en el momento de su formulación es pura una idea; entonces tiene la claridad de una forma platónica, la propiedad de un mente iluminada; un todo metafísico y lógico. Pero para sobrevivir, la idea debe adaptarse al ambiente impuro, al ambiente de la vida; de otra manera está condenada a la esterilidad. Si facilita forma a nuevas instituciones, también a su vez será deformada por las instituciones existentes que son todavía fuertes. La gente que no comprende la naturaleza de este proceso tiene o bien a despreciar las ideas, porque no puede reconocer su presencia y su funcionamiento en la institución afectada por ellas, o desprecia el mundanal mundo, porque en el proceso de vulgarización de una idea inevitablemente la desvía. Hay que entender que “las ideas no se convierten en formativas hasta que echan raíces en la sociedad; hasta que se materializan. Esta materialización es inevitablemente una traición y una realización”.

“…Para sobrevivir en una comunidad, una idea debe descansar sobre los soportes exteriores de los nuevos hábitos, disciplinas, leyes, construcciones; debe tomar forma en las relaciones domésticas y en las organizaciones políticas. Todas estas envolturas de las ideas tienden a ocultar más y más el núcleo original. Si la idea original que ha sido incorporada y ha tomado cuerpo en la vida de la comunidad ha de mantenerse viva, debe existir un perpetuo retorno a sus fuentes originales y una igual capacidad para anticipar y formular nuevas experiencias que permitirán un crecimiento ulterior. El primero paso es relativamente más fácil que el segundo”. No cabe duda de esta apreciación. Algunas  religiones como el Islam están tan sujetas a la idea original que no han podido evolucionar. Y es que, tal y como advertía Mumford, “cada idea formativa, en el acto de prolongar su existencia, tiende a matar el espíritu original que la trajo. Y sin embargo, sin sufrir esta transformación y extensión, la idea hubiera continuado inoperante y encerrada en sí misma”. Los fundadores del Islam quisieron evitar los peligros inherentes que conlleva la realización de la idea en el vida y la práctica, declarando a su texto sagrado directamente inspirado y dictado por su Dios, con lo que su interpretación era tanto como cuestionar la palabra divina e incurrir en un pecado inasumible. La iglesia católica también ha mostrado un notorio distanciamiento de los principios cristianos y del ejemplo de Jesús de Nazareth, así como una fuerte resistencia para asimilar las nuevas experiencias históricas y readaptar su discurso. La figura del nuevo Papa Francisco parece abrir una esperanza de cambio y evolución en el pensamiento católico.
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Papa Francisco
 

                En un terreno más profano y cercano a nuestra realidad actual, Mumford, en las últimas páginas de “La condición del hombre”, hizo una puntualización muy importante sobre su teoría de las transformaciones históricas de la personalidad y la comunidad. A partir de su amplio conocimiento de evolución de la condición humana, Mumford concluye que “el periodo formulación casi siempre anticipa en medio siglo o más a los estados de encarnación y realización. De manera que si hemos de alcanzar una economía equilibrada, una comunidad equilibrada y un personalidad equilibrada, será con la ayuda de ideas de larga existencia suficientemente maduras para estar lista ahora para su asimilación”.  Un planteamiento que contrasta,  y ya denunciaba Mumford, con el hábito de nuestra época que consiste “en pensar que ningún cambio es digno de discusión si no puede ser organizado inmediatamente en movimiento visible: los alistamientos en masa de miles, si es posible de millones, de hombres y mujeres. Muchos de los movimientos actuales que pretenden homenaje son poco más que recursos de publicidad: recursos decorativos que no cambian ni mueven nada. Así, sin embargo, sería un movimiento revolucionario siempre que los que tomen parte en él vuelvan a modelar los instrumentos con que trabajan: primeramente ellos mismos”.
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                Frente a tantas movilizaciones ciudadanas, tantas manifestaciones frustrantes, tanto mensaje publicitario, tanto slogan ocurrente, tanta insatisfacción personal al comprobar que salir a la calle no sirve más que para hacer bulto, tanto exabrupto inútil  dirigido contra la clase política, debemos recordar, según nos dice Mumford, “que sólo en un lugar puede empezar la inmediata renovación (o revolución integral, como defendemos algunos): dentro de la persona. Cada uno, dentro de su campo de acción –el hogar, la vecindad, la ciudad, la región, la escuela, la fábrica, la mina, la oficina, el sindicato, debe llevar a su labor inmediata diaria una nueva actitud hacia sus funciones y obligaciones. Su trabajo  colectivo no puede elevarse a un nivel más alto que su escala personal de valores. Una vez efectuada la transformación en la persona, cada grupo lo ha de registrar y responder a ella. Hoy día nuestros mejores planes fracasan porque están en manos de personas que no han sufrido ninguna transformación interior. La mayoría de esa gente ha retrocedido ante la crisis mundial y no tiene noción de la manera que han contribuido a que se produzca”.

                Reforzando esta idea, Mumford apunta: “los que esperan que se produzcan rápidos cambios totales en nuestras instituciones subestiman las dificultades que ahora enfrentamos: los caminos de la barbarie y el automatismo, esos traidores gemelos de la libertad, han llegado demasiado lejos. En su impaciencia, en su desesperación, esa gente ansía secretamente cargar el peso de su propia regeneración en un salvador: un presidente, un Papa, un dictador –vulgares remedos de una divinidad rebajada o una corrupción endiosada-. Pero tal conductor es sólo la masa de la humanidad en minúscula: la encarnación de nuestros resentimientos, odios, sadismos o de nuestras cobardías, confusiones y cobardías. No hay salvación por medio de esa desnuda autoadoración. Cada hombre y cada mujer deben primer asumir en silencio su propia carga y debemos simplificar nuestra rutina diaria”. Junto a ello añade, debemos asumir las responsabilidades públicas y trabajar por la unidad y la fraternidad efectiva del hombre. Debemos tener claro que “mientras no nos reconstruyamos nosotros mismos, todos nuestros triunfos externos han de venirse abajo”.

                Como advertencia a quienes gustan las simplificaciones demagógicas y huyen de cualquier de esfuerzo continuado, Mumford sentencia que “no hay formula sencilla para esta renovación. No es suficiente hacer todo lo posible: debemos hacer lo que parece imposible. Nuestra primera necesidad no es de organización, sino de orientación. Una cambio de dirección y actitud. Debemos aportar a cada actividad y a cada plan de vida un nuevo criterio de juicio: debemos preguntar en qué medida promueve los procesos de realización de la vida y cuánto respeto acuerda a las necesidad de la personalidad”.

sábado, 27 de julio de 2013

ALBERT CAMUS, ARGELIA Y CEUTA


En un almacén de libros antiguos y ocasión encontré un auténtico tesoro. Un libro de Albert Camus poco conocido y difundido: “Problemas de nuestra época. Crónica argelina”. Bueno, más que un libro, se trata de una recopilación de artículos periodísticos de Camus dedicados a la situación argelina. Como oriundo de Argelia, Camus mantuvo un valiente compromiso intelectual para encontrar una salida a la difícil situación generada en su tierra natal entre los árabes y los colonos franceses. Ya en el prefacio de esta obra adelantaba que su posición equidistante entre ambas partes “no satisface a nadie, y conozco de antemano cómo será recibida por las dos partes. Lo lamento sinceramente, pero no puedo forzar lo que siento y lo que creo. Por lo demás, tampoco a mí nadie me satisface sobre este punto. Por eso en la imposibilidad de unirme a ninguno de los campos extremos, frente a la desesperación progresiva de este tercer campo, en el que todavía podía conservarse la cabeza serena, dudando además de mis certezas y mis conocimientos, y persuadido por fin de que la verdadera causa de nuestras locuras reside en las costumbres y el funcionamiento de nuestra sociedad intelectual y política, decidí no participar ya en las incesantes polémicas que no tienen otro efecto que fortalecer en Argelia las intransigencias de la lucha, y el de dividir un poco más a una Francia ya envenenada por el odio y las sectas”. Lejos de la suficiencia con la que muchos hablan de asuntos complejos, Camus confiesa: “me falta esa seguridad que permite resolverlo todo”. A pesar de este reconocimiento a sus propias limitaciones no renuncia a sus obligaciones como pensador que declara son “esclarecer las definiciones, para desintoxicar a los espíritus y apaciguar los fanatismos, aun en contra de la corriente”.

                Su sincero ejercicio de humildad que le lleva a decir que “estoy dispuesto a reconocer mis insuficiencias y los errores de juicio”,  incluso a reconocer que “puedo equivocarme  o juzgar mal un drama que me concierne demasiado”, no es incompatible con su elevado sentido de la responsabilidad cívica. Una responsabilidad que no sólo le atañe a él. “Todos seremos responsables solidarios, cada uno de nosotros debe dar testimonio de lo que hizo y de lo que dijo”.

                Aún reconociendo las notorias diferencias entre el caso argelino y Ceuta,  no son pocas las lecciones que podemos extraer de este conflicto y de las impresiones que del mismo obtuvo Albert Camus. La primera de ella son dos consejos indispensables para abordar situaciones tan complejas: renunciar a “las simplificaciones demagógicas” y protegerse de “las acusaciones recíprocas o los enjuiciamientos odiosos que no modifican nada de la realidad que nos atañe”. Y la segunda un reconocimiento a una realidad que nosotros estamos empezando a advertir en nuestra ciudad: que las políticas de asimilación o integración cultural entre occidentales y musulmanes suelen fracasar. Las razones son similares a las expuestas por Camus. “Primero porque nunca se la emprendió verdaderamente, y luego porque el pueblo árabe conservó su personalidad, que no puede reducirse a la nuestra”.

                ¿Cuáles son entonces las alternativas que se nos presentan? Según Camus, “esas personalidades, ligadas recíprocamente por la fuerza de las circunstancias, pueden elegir o bien asociarse o bien destruirse. De manera que en Argelia no se trata de elegir entre la abdicación o la reconquista, sino entre el matrimonio de conveniencia o el matrimonio de muerte de dos xenofobias”. ¿Es este el destino que nos espera a los ceutíes? ¿Seremos capaces de establecer una relación que no sea de conveniencia sino de amistad y mutua comprensión? ¿Nuestro matrimonio dará lugar a hombres y mujeres con los mejores valores de ambas culturas? ¿Podremos mantener una relación basada en la sinceridad y la generosidad? Todo indica que el divorcio está próximo. Sin embargo, al igual que Camus, estoy convencido de que “este sortilegio puede romperse, de que esa impotencia es una ilusión, de la que fuerza del corazón, la inteligencia, la valentía, son suficientes para tener en jaque al destino, y a veces hasta para frustrarlo. Basta solamente quererlo, no ciegamente, sino con  voluntad firme y reflexiva”. En la consecución de este esfuerzo, “la misión de los hombres de cultura y de fe consiste en mantenerse en lo suyo, en ayudar al hombre contra lo que lo oprime, en favorecer su libertad contra la facilidades que lo cercan”. Es nuestro deber y, como dice Camus, “los únicos hombres firmes en cuanto a sus deberes son aquellos que no ceden nada de sus derechos”.
 
File:Albert Camus, gagnant de prix Nobel, portrait en buste, posé au bureau, faisant face à gauche, cigarette de tabagisme.jpg
 
 

miércoles, 24 de julio de 2013

ES UNA CUESTIÓN DE ABUSO DE PODER DEL HOMBRE SOBRE LA MUJER


Tengo por costumbre no pronunciarme sobre un determinado hecho sin  conocer todos los datos  y sin esperar un tiempo prudencial para no dejarme llevar por el fragor del momento.  Recabada la información pertinente y trascurrido el tiempo necesario para meditar lo que quiero decir, no puedo esperar más para posicionarme sobre las declaraciones del Sr. Benaissa. Ningún ciudadano con conciencia cívica debería callar ante estas declaraciones atentatorias contra la libertad y la dignidad de las mujeres.  Todos tenemos el deber de defender determinados principios básicos sobre los que se sustentan nuestra sociedad democrática como la libertad y la igualdad. Callar es, como poco, demostrar indiferencia ante unas declaraciones intolerables en un país civilizado. Y no están los tiempos para seguir callados e impasibles frente a un continuo cuestionamiento de la esencia de nuestra identidad cultural. Es el momento de marcar una clara línea que distinga entre la legítima libertad de creencias y los derechos fundamentales que asisten a cualquier ser humano. Los hombres y  las mujeres tienen el derecho inalienable de vestirse, acicalarse,  perfumarse y mirar adonde les dé la gana. 

No se puede consentir por más tiempo que las mujeres sean consideradas por algunos como fuente permanente de incitación al pecado, como menores de edad que necesitan la protección del macho. Decir que esto responde a ideas medievales es denigrar una  época con más luces que sombras. Más bien estamos ante una involución del pensamiento hacia comportamientos prehumanos donde no existían controles éticos que permitieran al ser humano el control efectivo de sus pulsiones instintivas. La democracia, tal y como declaró en cierta ocasión Cornelius Castoriadis, es impensable sin la permanente autolimitación del ser humano. Los hombres, al menos así me veo yo, no estamos todo el día babeando por las esquinas cada vez que nos cruzamos con una mujer. En el mundo occidental, nos hemos acostumbrado desde niños a compartir pupitre con  niñas, aulas en la universidad con adolescentes y lugar de trabajo con mujeres adultas como nosotros. Nuestra mente está ocupada, casi siempre, con preocupaciones menos elevadas de tono, aunque algunas mentes enfermas no se lo crean.

Craso es el error que pretende que el sexo es feo, profano y corrupto. El acto sexual, según decía acertadamente Waldo Frank, “tanto en su consumación como en su frustración, simboliza el hado de la necesidad humana de amar…Cada verdadero abrazo sexual tiene en sí su noche oscura del místico; el paso de ella a la luz; la contemplación, al propio tiempo, de la noche oscura y de la salida de ella”. En este error han recaído la mayor de las principales religiones. Sin ir más lejos, el cristianismo durante muchos siglos degradó el acto sexual y con él a la mujer. No fue hasta el siglo XVI cuando se produjo, según Mumford, una profunda modificación en el sexo, en el amor y en la paternidad. A partir de este periodo histórico el gran tema del arte fue la celebración y goce de la mujer. Los pintores desnudaron a la mujer, revelaron los encantos de la naturaleza e idealizaron las posibilidades de la experiencia erótica. Desde este momento, la mujer siente su poder: su poder de dar y negar. Un poder que personas como el Sr. Benaissa se niegan a reconocer a la mujer.  Mujeres que deben ser sumisas, castas y reguardadas de las pecaminosas miradas de otros hombres. Mujeres que deben ocultar sus atributos sexuales, las formas de su cuerpo,  la belleza de sus ojos y su ondeante melena. Mujeres que deben limitar todo su horizonte vital al servicio de su marido y a la crianza de sus hijos. Mujeres que no pueden decir con quien acostarse sin que sean tachadas de fornicadoras. Mujeres que dicen ser tratadas como tesoros y así encerradas de este modo en los más lúgubres rincones de su casa.

Estamos, en definitiva, ante un problema de poder. Un ejercicio de domino absoluto que determinados hombres imprimen sobre sus mujeres, muchas de las cuales ni siquiera toman conciencia de su verdadera situación de sumisión y carencia de libertad. Poco podemos hacer los demás por liberar a estas mujeres de la postración al hombre. Son ellas quienes deben dar el primer paso. Nosotros tan sólo podemos ayudarlas, asistirlas y darle la cobertura legal que requiere el inevitable y deseable reencuentro de estas mujer con su reprimida sexualidad.

sábado, 20 de julio de 2013

UN CAMBIO DE DIRECCIÓN HACIA LA PERSONA Y LA VIDA *


La presentación del último informe del Observatorio de la Sostenibilidad de Ceuta (OSCEME), centrado en esta ocasión a la evolución demográfica de nuestra ciudad, ha causado cierto revuelo en el seno de la opinión pública. Algunos representantes políticos, como el líder del PSOE, aprovechó una convocatoria con los medios de comunicación para salir al paso de las declaraciones que hicimos durante la rueda de prensa que dimos para dar a conocer el contenido del informe. Del igual modo, el Sr.Aróstegui, dedicó su columna de opinión semanal en este mismo medio para expresar su punto de vista respecto al informe y las conclusiones que adelantábamos. Ya a mediados de esta misma semana fuimos invitados por el Delegado del Gobierno para presentarle el borrador del estudio y departir con él respecto a nuestras interpretaciones y propuestas, gesto que agradecemos desde esta tribuna pública.

            Al leer y escuchar las reacciones a las conclusiones preliminares del informe sobre la demografía de Ceuta hemos apreciado que hay conceptos que, o bien no hemos sabido explicar o bien requieren una explicación más extensa. La primera de estas ideas es la del establecimiento de un límite al crecimiento de la población. La resistencia a este tipo de  limitaciones de tamaño y densidad se ha debido principalmente a dos hechos, como supo ver Lewis Mumford en su obra “La cultura de las ciudades”. La primera de las razones es “la suposición de que todos los cambios “hacia arriba” en magnitud eran signos del progreso y automáticamente buenos para los negocios”. La otra razón se basa en  “la creencia de que esas limitaciones eran esencialmente arbitrarias, por el hecho de que proponían “reducir la oportunidad económica” –esto es, la oportunidad para hacer ganancias mediante la congestión- y detener el curso inevitable del cambio”.  A tales supersticiones se añade una tercera: la idea de que este  nivel óptimo y deseable en cuanto a densidad humana y urbana debe hacerse de manera inmediata y a costa de la salida precipitada de parte de la población “sobrante”.

            Nunca se nos ha ocurrido plantear el evidente problema de la sobrepoblación en términos de “¿sobra o falta gente?”, como se preguntaba el Sr. Aróstegui, y mucho menos hablar de expulsión de nadie. La demografía no se presta a este tipo de simplificaciones absurdas. El aspecto demográfico de una determinada población, como puede ser Ceuta, no es una imagen fija. Cambia continuamente por un hecho tan evidente que hasta da cierto rubor tener que explicarlo: la gente nace, se desplaza y muere. Como dice un refrán español, “dentro de cien años, todos calvos”. Nosotros, los que ahora ocupamos este territorio, estamos de paso. Somos herederos de un pasado que nos acompaña siempre y, de algún modo, condiciona nuestro presente, ya que las decisiones que tomaron o dejaron de tomar nuestros antepasados fueron la causa de la Ceuta que nosotros tenemos que gestionar.

Pero lo más importante, no es tanto la herencia recibida, sino el uso que hagamos de ella y el futuro que seamos capaces de dibujar para las generaciones venideras. Un heredero irresponsable puede hacer lo que estamos haciendo nosotros: dilapidar el capital natural, social y cultural que nos han legado. Un capital tradicionalmente ignorado, maltratado y desatendido, en manos de unos gestores irresponsables que desde siempre no han sabido reconocer y aprovechar nuestro valioso patrimonio cultural y natural. Despilfarrar, como estamos haciendo, este capital sí es egoísmo, Sr. Carracao, pues sólo nos preocupa nuestro presente. Vimos como esos célebres personajes de Dickens, -esos avaros que estaban convencidos de que iban a vivir eternamente-, que no utilizaron su riqueza para forzar un nuevo modo de vivir, que dé a cada hombre y mujer nuevo valor y significado en sus actividades diarias.

Respecto a la cuantía del capital que aún nos queda nos invertir, es decir, las bolsas de suelo militar a las que se refería el Sr. Aróstegui en su artículo, coincidimos en su apreciación de que estos terrenos deberían ponerse a disposición de la ciudad. No obstante, conviene aclarar a la opinión pública, para que no se haga falsas ilusiones, que  la mayor parte de las propiedades militares se localizan en zonas declaradas no urbanizables o protegidas por motivos medioambientales. Los espacios con mayores posibilidades son precisamente aquellos que el Ministerio de Defensa ha solicitado a la Ciudad su recalificación para poder libres; entre demanda de infraestructuras y equipamiento y oferta disponible.

Nuestro llamamiento a establecer un límite poblacional no puede reducirse a la peregrina idea de marcar una cifra exacta y concreta, y una vez establecida determinar quienes sobran. Se trata, más bien, de tomar decisiones en el presente para anticiparnos a las negativas consecuencias que para el futuro de venderlos a un precio sustancioso. Nosotros no podemos estar de acuerdo con este proceder del estamento militar. Estos terrenos deben servir, no parar seguir incrementando la densificación urbana, sino para corregir los actuales desequilibrios que son observables en nuestra ciudad entre lo artificial y lo natural; entre espacio público y espacio privado; entre tamaño y población; entre campo o ciudad; entre superficie construida y espacios Ceuta supone ya, -y aumentará en el futuro-, la desorbitada densidad de población que soporta un territorio tan reducido como el nuestro. Igual que el crecimiento de la población ha sufrido una rápida aceleración desde el año 2004 hasta la actualidad, si se toman las decisiones correctas esta tendencia puede corregirse y marcar una línea descendente que nos acerque a niveles  poblacionales acordes a nuestra capacidad de carga.  De hecho, este punto de inflexión ha empezado a dibujarse en la gráfica de la evolución de la población. No  sólo se ha frenado el crecimiento poblacional, sino que ha descendido algo el número de personas inscritas en el padrón municipal. Sin lugar a dudas, la iniciativa de la Delegación del Gobierno en Ceuta de combatir los empadronamientos ilegales tiene mucho que ver con el cambio de rumbo en el crecimiento demográfico.   

Quizá el aspecto que más polémica ha suscitado de las conclusiones preliminares del estudio sobre demografía, redactado por la socióloga Soledad Giménez y coordinado por Septem Nostra, ha sido la referencia a las políticas sociales como un factor que podría explicar el incremento de los asentamientos en Ceuta. Como ya hemos indicado en anteriores ocasiones, y nos ratificamos de nuevo, cualquier intento de remediar la pobreza en una sola ciudad, según advierte Edward Glaeser, “puede muy bien salir por la culata y aumentar el nivel de pobreza de esa ciudad atrayendo a ella a más pobres”, sobre todo cuando esta ciudad, caso de Ceuta, se ubica en un entorno socioeconómico de extrema pobreza. ¿Insolidarios? No, realistas y responsables. ¿Es que alguien en su sano juicio puede pensar que una ciudad del tamaño de Ceuta puede resolver los problemas de pobreza de todo el norte de África?

El cortoplacismo, la ignorancia histórica y el localismo miope, impide a muchos darse cuenta de que los conflictos humanos planteados actualmente en nuestras ciudades, incluyendo claro está a Ceuta, se han ido prefigurando durante los últimos seis siglos de permanente violación de las más elementales normas de moral que ahora están amenazando la vida de este planeta. Un cambio moral que se inició en el siglo XIV, momento preciso en el que los siete pecados capitales se convirtieron en las siete virtudes cardinales. Los problemas a los que nos enfrentamos, como el de la pobreza, requieren para su solución que se reorienten los ideales últimos y los propósitos de toda nuestra civilización; y esto exige un cambio profundo en la mentalidad general.

            Si queremos mantener la vida misma en movimiento, con la ayuda o sin la ayuda de las actuales instituciones políticas y económicas, debemos entender que la consumación de la vida no es posible excepto en el perpetuo crecimiento y renovación de la personalidad humana.  Tal y como comenta Lewis Mumford en la “condición del hombre”, las ciudades, la riqueza, el poder, las instituciones, la cultura, son todos instrumentos secundarios de este proceso de autodesarrollo. Si queremos establecer un criterio para discernir entre lo humanamente deseable y lo contraproducente, lo tenemos relativamente fácil: “lo que nutre la personalidad, la humaniza, la refina, la profundiza, la intensifica y amplia su campo de acción es bueno; todo lo que la limita o frustra, lo que la devuelve a la norma de la tribu y limita su capacidad de cooperación y comunicación humana debe ser tenido por malo”. Dicho esto, y volviendo al tema que nos ocupa, tendríamos que preguntarnos si nuestras actuales políticas sociales favorecen el crecimiento continuado de la personalidad humana. A lo mejor es posible mantener económicamente todo el complejo y costoso sistema de ayudas sociales y erradas políticas de inserción laboral como los planes de empleo, pero en términos humanos las consecuencias no han sido evaluadas hasta el momento.

Nadie se ha parado a pensar el daño que infringen estas políticas paternalistas en la calidad del sujeto, convirtiéndolos, como dice Félix Rodrigo Mora en su “Giro estatolátrico”, en seres “inútiles, pasivos, desmovilizados, dependientes, perezosos, irresponsables, insociables y aún más y mejor sometidos, lo que transforma en simple pedigüeños, a los que en otras condiciones, habrían sido dignos y temibles combatientes por la justicia y la libertad  y hacer inmadura a la población adulta, pues quienes renuncian a vivir por sí mismos y desde sí mismos, delegando en las instituciones estatales, se hacen incapaces no sólo de hacer revoluciones sino ni siquiera de pensar en ellas porque la mentalidad y la practica de asistidos y tutelados tiende a anular lo sustantivo de la condición humana”. De igual modo, en el plano de la autoestima y la dignidad, para quienes aún mantenga intacta esta faceta de su personalidad, condenar a una persona desde la cuna hasta la tumba a ser un subsidiado no es un proyecto vital acorde a los principios humanos. En estas condiciones, el sujeto carece de la ayuda  para oponerse a sus propias fuerzas internas de desintegración, advertía Mumford, “debían proporcionarles, pero no les proporcionan, ni la familia, ni la propiedad, ni el respeto profesional, ni un sueldo bien ganado, ni un hogar identificable como suyo”. La pregunta clave a la que deberíamos responder entre todos es si nuestra ciudad puede satisfacer estas condiciones básicas para la continuidad social y la integridad personal de una población desproporcionada a las dimensiones de su territorio.

Mientras tanto, no cabe duda, que tendremos que seguir ayudando a quien lo requiere, desde la lógica prudencia y sin perder de vista que nuestro objetivo debe ser la satisfacción y renovación de la persona humana, para que fructifique en una vida abundante, cada vez más significativa, cada vez más valiosa, cada vez más profundamente experimentada y más ampliamente compartida.  El nuestro no es un problema de ricos y pobres, de cristianos y musulmanes, es tan sólo un problema humano, cuya solución pasa por un cambio de dirección hacia la persona y la adecuación de nuestros planes de vida individuales a una sociedad universal, en la que el arte y la ciencia, la verdad y la belleza, enriquezcan a la sociedad.

Llevados a esta altura de comprensión, en la que, a la vista está, algunos parecen incapaces de llegar, y movidos por estos propósitos humanos, en el futuro se tendrán que hacer cambios en la ocupación o en la retirada de la población. Algunas zonas escasamente ocupadas se beneficiarán por el aumento de población, y otras, como el caso de Ceuta y otras ciudades densamente ocupadas, deberán reducir su carga población para que la vida vuelva a brotar mediante el cultivo sistemático, en vez de la extracción imprudente y destructora.

* Artículo publicado en "El Faro" de Ceuta, bajo el nombre de Septem Nostra.